Damon Albarn, lleno de inspiración, y su banda virtual Gorillaz cautivan a 17,000 personas en Madrid | Cultura


Damon Albarn es el ideal más emblemático del carisma. No importa si se oculta tras una banda que surgió con deseos de virtualidad y anonimato, si distorsiona su voz eventualmente con un megáfono de líder sindical, o si difumina su rol protagónico rodeándose de músicos diversos, racializados, enérgicos y expansivos. Tampoco tiene relevancia que nos esconda su rostro tras unas gafas de sol (que no se quitará en toda la noche, valga la contradicción) o que use una chaqueta militar, la cual desechó pronto porque, aunque nos duela, no tiene control efectivo en el ejército. 17.000 personas lo homenajeaban la noche del sábado en la península, como lo que es: uno de los escasísimos líderes mundiales que no están completamente desequilibrados.

Albarn creó Gorillaz hace 25 años para dejar atrás el peso de ser el vocalista de Blur, pero ha terminado siendo, como diría Pep Guardiola, el gran maestro. Y en su breve pero impactante aparición del sábado en Madrid –su única presentación gorilesca del año en nuestra vieja Europa continental– demostró que no sabe hacer nada casual, irrelevante o de medio nivel. El día en que este individuo cometa un descuido artístico, ya no sabremos en quién confiar.

Es cierto que el entorno era algo peculiar. Un festival, Pulse of Gaia, desconocido por aquí y con nombre en inglés (falta hacía), aunque su origen provenga de tierras mexicanas. Una localización inusual, el campus de la Universidad Autónoma, en las afueras de la ciudad. Y un cartel repleto de DJs con renombre entre un público más, digamos, insular y resistente a la cacofonía. Pero en el listado aparecía con letras mucho más prominentes una de las bandas más admirables, influyentes, transgresoras y difíciles de encasillar en las definiciones de la modernidad. Hablamos de este siglo caótico que nos acabará consumiendo.

Gorillaz son un paraíso, un oasis de la modernidad inteligente, una celebración del ingenio y la innovación. Con el mérito adicional (¡no se lo van a creer!) de que, DNI en mano, su principal instigador es uno de esos malvados y abyectos boomers que tanto deben hasta en el aumento del pan, y a quienes habría que retirar urgentemente del sistema de pensiones. A su edad, Albarn llegó, convenció, cautivó, arrasó y, por supuesto, se marchó rápidamente en cuanto se cumplió la hora y media (o 28 minutos) estipulada por contrato. Habría sido apropiado dedicar esos 120 segundos restantes a una pequeña mención a Palestina: la omisión resultó desconcertante en alguien que había participado apenas tres días antes en el Together for Palestine en Londres.

Quizás el director de operaciones pensó que la realidad ya es bastante desoladora como para también arruinarnos un sábado por la noche. Y este, el último del verano, fue sin duda hedonista. Gorillaz se aseguró de ofrecer un sonido claro, impresionante e impecable, lo cual no es lo habitual en eventos de este tipo. A partir de esta base, ajustó el concepto de un proyecto que parece rebelde, pero tiene mucha substancia. Y aún hay más: The happy dictator, el anticipo del que será su noveno álbum (The mountain, marzo de 2026), sonó casi al principio con Albarn farfullando a través del megáfono, confirmando que esa colaboración con Sparks eleva aún más el nivel de la ya de por sí incendiaria gasolina simiesca.

Damon ya no es joven, ni rubio ni guapo, pero su aura de figura crucial sigue en aumento. No importa si de vez en cuando toca una melodía un tanto asmática, añade sabores jamaicanos y chops (Last living souls) o celebra el adictivo teclado festivo en ese 19-2000 que parece unir un coro de góspel con la sintonía de un videojuego de bajo presupuesto. El genio londinense saca provecho de todo y cambia de estilo en cada giro del camino. O green world, su primera incursión en el piano, sonó solemne y ostentosa, casi progresiva por su grandiosidad y cambios de dinámica. Pero pronto contrastó esto con la fabulosa On melancholy hill, que bien merecería una fuerte reprimenda de sus compañeros en Blur: es una joya britpop que explota en el paladar como un chicle gigante relleno de gelatina.

Imposible encontrar un momento de respiro cuando la maquinaria de Gorillaz empieza a funcionar. Albarn encadena esa locura de electrosoul titulada Stylo, con la voz grabada del inolvidable Bobby Womack; la dolorosa y, lamentablemente, cada vez más relevante Kids with guns, el disco-funk sincopado de Andromeda y una White light frenética, ruidosa y desquiciada. Todo este despliegue prepara el terreno para el festín sin restricciones titulado Feel good Inc., uno de los mejores objetos musicales para la recaptación de serotonina que ha dado este problemático cuarto de siglo.

Llegados a ese punto, a Gorillaz solo les quedaba asestar el as en la manga, y su particular truco fue el hiphopero argentino Trueno, cuyo talento y velocidad de reflejos en ese cuerpo joven y pequeño es casi increíble. Pequeña anécdota divertida: “Yo no sé qué va a pasar mañana”, rapeaba el joven de Buenos Aires, quién sabe si todavía asombrado de cómo la foto de su ex Nicky Nicole ha terminado como fondo de pantalla en el móvil de Lamine Yamal.

El británico cincuentón miraba al joven torbellino porteño con media sonrisa de complicidad, pues la noche, como ya anticipamos, prometía ser mucho más animada que austera. Pero no se engañen: con Gorillaz siempre debemos estar atentos al subtexto, y el hecho de que su obra maestra, Demon days (2005), dominara el repertorio invita a una segunda lectura más oblicua. Aquella obra imaginaba un mundo dominado por Bush y Blair que en su momento parecía un mal sueño (en aquel entonces nadie decía “distópico”) y que ahora, en comparación, podríamos confundir con cualquier película de Disney. Por eso –y ningún lugar mejor que la supuesta tierra de la libertad para constatarlo– necesitamos con urgencia más líderes mundiales como Damon Albarn. Una mente talentosa en tiempos extremadamente oscuros.

Start typing and press Enter to search