El inusual Endrick
Endrick fue presentado en el Bernabéu ante 45.000 aficionados, un ritual poco común reservado exclusivamente para fichajes destacados. El brasileño de 18 años, valorado en 60 millones de euros, fue presentado como una joya del futuro.
Sin embargo, el fútbol de élite no se basa en ilusiones. Un año y medio después de ese momento, Endrick dejó el Madrid de manera discreta, llevándose consigo una estadística impresionante: solo había jugado el 11% de los minutos posibles, a pesar de tener uno de los mejores registros goleadores del equipo.
Las cifras son elocuentes. Un promedio de un gol cada 135 minutos y una asistencia cada 118 minutos. Para cualquier delantero, esto es un rendimiento alentador.
Sin embargo, Endrick se encontraba en una paradoja: cuantos más goles marcaba, menos jugaba. No por un descenso en su rendimiento, sino porque nunca logró encontrar su ritmo.
Con Carlo Ancelotti, Endrick fue considerado como tercera, o incluso cuarta, opción. 37 apariciones pueden parecer muchas, pero solo jugó más de 20 minutos en 12 partidos. La mayoría de ese tiempo fue breve, suficiente para que las estadísticas se vieran bien, pero no lo suficiente para establecer un rol significativo.
La energía de Endrick, que lo hizo destacar en Brasil, se percibió como excesiva: presionando de manera demasiado agresiva, ingresando demasiado pronto, moviéndose instintivamente. Había material explosivo, pero le faltaba el detonador.
El cambio en el banquillo no mejoró la situación. Con Xabi Alonso, el tiempo de juego de Endrick incluso se redujo drásticamente.
Esta temporada, solo ha jugado 99 minutos, lo que equivale al 4,5% del tiempo total. Las lesiones solo explican los primeros partidos. El resto se debe a su ausencia total.
En 15 partidos de clasificación, Endrick permaneció en el banquillo durante los 90 minutos. Sin experimentación. Sin oportunidades. Sin indicios de futuro.
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El problema no era de actitud ni de esfuerzo. Endrick decidió quedarse cuando tuvo la oportunidad de irse, convencido de que unos minutos bastarían para convencer a los entrenadores.
Sin embargo, el fútbol de élite no se basa en creencias individuales. Cuando un jugador joven es constantemente ignorado, ya no se trata de una cuestión de forma, sino de un desajuste estructural.
Por lo tanto, la decisión de mudarse a Lyon no fue un retroceso, sino una salida necesaria. Allí, Endrick podrá jugar, cometer errores y aprender de ellos. El contrato de préstamo incluso incluía la obligación de jugar, lo que evidenciaba que era una solución necesaria, no un experimento.
Con el Mundial a la vuelta de la esquina, Endrick ya no podía permitirse esperar vacilantes gestos de aprobación.
El Real Madrid le otorgó a Endrick un gran escenario, pero no le brindó un papel. En un entorno de alto nivel, el talento, si no se coloca en el contexto adecuado, se desvanecerá con el tiempo.
El caso de Endrick es un claro recordatorio: el fútbol no solo necesita potencial, sino también el camino para que ese potencial alcance su máxima expresión. Y a veces, irse no es solo una cuestión de querer, sino de no tener otra opción.
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