Amor y sexo en desigualdad: las obras examinan las complejidades de las parejas desequilibradas por edad, clase social o riqueza | Babelia
Margot tiene 20 años y está cursando sus estudios universitarios. Robert, por su parte, tiene 34 y trabaja como profesor, luciendo una barriga incipiente y hombros un tanto caídos. Se encuentran en el cine donde Margot labora, intercambian números de teléfono y continúan con un coqueteo a través de mensajes. La conexión avanza y se ven de nuevo. Sin embargo, al llegar el momento de la intimidad, resulta, digamos, incómoda. Especialmente para ella, que decide ponerle fin. Pero una noche de fiesta, en un bar lleno de gente, divisa a Robert entre la multitud: sentado solo en una mesa, con una cerveza en la mano, la observa fijamente. Preparado para castigarla con su móvil, que se convierte en un instrumento de tortura.
La autora Kristen Roupenian explora esta narrativa en Cat Person, un relato publicado en The New Yorker en 2017 e incluido en el libro Lo estás deseando (Anagrama), que se volvió viral durante el auge del movimiento Me Too, por su capacidad para iluminar una experiencia reconocible para muchas lectoras. En 2023, la historia fue adaptada al cine y las redes sociales llegaron a calificarla como un “artículo de no ficción”. En España, un fenómeno similar ocurrió con la publicación en 2025 de Comerás flores (Libros del Asteroide), la primera novela de Lucía Solla Sobral, que ya ha vendido más de 130.000 ejemplares.
“Me interesaba este tema no tanto como una cuestión individual, sino sistémica”, comparte Sara Barquinero.
De Míchigan a Pontevedra, la historia se repite. Una joven de 24 años se encuentra con un hombre de 45, divorciado y con una hija que podría haber sido su compañera de clase. El romance se solidifica y se convierten en pareja. Sin embargo, persiste la constante del móvil como extensión del deseo y del control. La celebración de su 25º cumpleaños se arruina cuando él aparece en la ventana del bar como una sombra inquietante. “Realmente no hablamos lo suficiente sobre el maltrato psicológico, o no tanto como sería necesario, considerando lo mucho que ocurre”, señala la escritora sobre el giro que tomarán los eventos en su novela.
Las relaciones desiguales, ya sea por edad, posición social, capital cultural o económico, están siendo analizadas con herramientas críticas contemporáneas por autoras jóvenes. Respaldadas por el feminismo, se presentan nuevas lecturas sobre temáticas sociales comunes, que abundan en conversaciones cotidianas, pero que pocas veces se han explorado en sus múltiples claroscuros. En su novela de campus La chica más lista que conozco (Lumen), Sara Barquinero se sumerge en las aulas de una Facultad de Filosofía en Madrid para desentrañar el secreto a voces que las inunda: los enredos constantes entre profesores y alumnas, una práctica que, como subraya la autora, es reconocida por muchos, pero en la que rara vez se profundiza.
En este contexto no hay delitos —todas las partes son adultas y consienten—, pero emergen situaciones controvertidas que Barquinero examina a la luz de la discrepancia entre lo que predican los profesores, que enseñan moral, y su comportamiento real. “En las relaciones humanas, especialmente las románticas, siempre habrá un componente de asimetría: uno tendrá más que el otro, uno será más atractivo que el otro, y eso es, hasta cierto punto, normal. Incluso la asimetría puede ser erótica”, expone la autora. “Pero lo que realmente me interesaba de este tema no son tanto los casos individuales, sino las dinámicas sistémicas”.
Entre el abuso de Comerás flores y las zonas éticamente turbias de La chica más lista que conozco —donde entran en juego reputaciones y posiciones académicas— se extiende una gama de grises que incluye, también, los posibles finales felices. Por esta razón, los protagonistas de estas narrativas están igualmente cargados de matices: ni ellos son villanos arquetípicos ni ellas son figuras perfectas. “Jaime no es un maltratador a tiempo completo, porque nadie lo es, y también tiene cualidades positivas. Eso es lo que lleva a Marina a iniciar una relación con él: porque la escucha, la entiende, la cuida…”, aclara Solla. “Además, con él, Marina rompe con un patrón de relaciones aburridas, en las que no encontraba motivación, mientras que él posee un gran capital cultural, social y económico”.
Es en esa acumulación de experiencia y estabilidad, en el atractivo que emana la capacidad de encarnar un futuro deseado, donde se concentra gran parte del peso que descompensa la balanza. Por eso, ámbitos como el académico o el cultural, marcados por un fuerte componente aspiracional, funcionan como caldo de cultivo para estas historias. No solo las ficticias, sino también las reales, como las que documenta la periodista de EL PAÍS Ana Marcos en su ensayo A mí no me ha pasado nada (Debate), donde comparte sus reflexiones tras investigar diversos casos de abusos en el cine español.
“Cuando empecé a indagar sobre cómo opera esta industria en España, observé que siempre se comparaba con Hollywood, como si un MeToo tuviera que ser algo a la altura de lo que ocurrió con Harvey Weinstein. Pero en España, esta industria es mucho más pequeña y precaria”, enfatiza la periodista, quien concluyó que, en su propia medida, el cine nacional también genera espacios de asimetría donde una persona en una posición privilegiada proyecta su sombra sobre otras, casi siempre aquellas que buscan ascender en sus carreras.

“En mis investigaciones, identifiqué dos aspectos: por un lado, lo que sucede en la industria cinematográfica, y por otro, lo que ocurre justo antes, en las escuelas de cine y teatro”, resume Marcos. “Allí hay chicas muy jóvenes, algunas menores, que entran a formarse, y sus profesores, en su mayoría hombres, están activos. Es decir, son productores, guionistas, actores… que forman parte de la industria. Y lo que se produce allí es un abuso de poder más sutil que las agresiones: una manipulación psicológica que es más difícil de identificar, pero que también considero un tipo de violencia”.
En Comerás flores, el abuso no deja marcas visibles, pero sí se manifiesta de formas tangibles, como platos estrellándose contra la pared, travesías apretujada en el asiento del copiloto a 200 kilómetros por hora y, en última instancia, un trastorno alimentario que empieza a consumir a la protagonista. La novela es ficción, pero se basa en experiencias reales de la autora y su círculo de amigas, a las que fueron sumando más voces para recopilar sus testimonios. “Al hablar entre nosotras, nos dimos cuenta de que muchos comportamientos se repetían y eso nos aterrorizó, porque una de las causas del sentimiento de culpa que se genera es pensar que solo nos ocurre a nosotras, y, por ende, que somos ingenuas o menos inteligentes de lo que creíamos”, recuerda.
“Con mis amigas, nos dimos cuenta de que se repetían muchos comportamientos”, relata Lucía Solla Sobral.
De la misma forma, Barquinero desarrolló su relato a partir de observaciones acumuladas durante su etapa como estudiante e investigadora. “Pasé por varias universidades, y creo que nunca pasó un año completo en el que no se me contara que tal profesor era un baboso, o que cierto profesor había tenido un romance con una alumna… Cosas por el estilo”, relata. “Y me preocupaba que, siendo algo tan común, no tuviéramos estrategias para abordar este asunto”.
La norma implícita que se desprende de estas narrativas es que los protagonistas suelen ser mujeres jóvenes en relación con hombres mayores o en posiciones más privilegiadas. En su versión más benigna, esta asimetría se nos presenta como un intercambio entre belleza y poder, pero en su revisión más reciente se plantea una crítica a la distribución establecida de los roles de género. “He conocido casos de relaciones homosexuales, en las que hay dos hombres o dos mujeres, pero, sinceramente, no me viene a la mente ningún caso invertido, excepto el de Macron con su profesora”, dice Barquinero.

Una conclusión que articula su novela es que el reparto de consecuencias genera que a las mujeres se les asigne la vergüenza, mientras que a los hombres les queda el miedo. “Es desafortunado que a veces hagamos el cambio del eslogan ‘la vergüenza tiene que cambiar de bando’ a ‘el miedo tiene que cambiar de bando’”, comenta la escritora, en cuya novela los profesores se divierten e invitan a consumo de drogas a los jóvenes sin ningún tipo de pudor. “Porque este tipo de hombres, en todo caso, lo que sienten es miedo a las consecuencias. Pero no les incomoda emitir comentarios del tipo: ‘Ven aquí, morenita’, que son cosas que no deberían suceder en un aula”.
En su libro de memorias En la casa de los sueños (Anagrama), la autora estadounidense Carmen Maria Machado destacó que las parejas lesbianas también pueden experimentar asimetrías y abusos. Carcen también las relaciones homosexuales que describe Garth Greenwell en Pureza (Random House), donde un profesor mantiene relaciones sexuales con chicos jóvenes, muchos de ellos estudiantes. Nieta de exiliados y autopercibida como poco sofisticada, Machado narra su relación con una mujer de clase alta que comienza de manera intensa, pero rápidamente se convierte en una pesadilla.
Con una aceleración de cero a cien, la autora alemana Jenny Erpenbeck presenta en Kairós (Anagrama), Premio Booker de 2024, la relación entre una estudiante de 19 años y un escritor casado de 54 que se inflama hasta desbordarse en una espiral de violencia psicológica y sexual, todo esto en el contexto de la caída del muro de Berlín. En ese tiempo, todavía no proliferaban los neologismos en inglés, tan inclinados a etiquetas, que hoy se utilizan para catalogar las relaciones desiguales y sus potenciales consecuencias tóxicas: desde el problematic age gap (diferencia de edad problemática) hasta el gaslighting (luz de gas), love bombing (bombardeo de amor) o ghosting, esa pasividad agresiva de ignorar mensajes, tan común en las historias contemporáneas.

Otro término, grooming, denota el acoso sexual hacia menores que el autor francés Gabriel Matzneff enmascaró como relaciones asimétricas en sus libros hasta ser denunciado por una de sus víctimas, la editora Vanessa Springora, en una de las obras más aclamadas del movimiento MeToo, la autoficción El consentimiento (Lumen).
Lolita, el clásico de Nabokov que aborda la pederastia, ha inspirado a la escritora Luna Miguel en obras como El funeral de Lolita, reeditada recientemente en una versión revisada, y la más reciente Incensurable (ambas en Lumen), donde reflexiona sobre la construcción del personaje de la nínfula —la niña seductora— y cómo la literatura ha influido en su propia percepción de estas ideas. “Comencé a entender lo problemático que resultaba agrupar las narrativas sobre abuso infantil con las narrativas de relaciones desiguales entre adultos”, evidencia en un correo electrónico, “[en las que] el problema no era la diferencia de edad tanto como el uso de dichas diferencias para ejercer control y violencia”.
Ana Marcos: “Hay un abuso de poder más sutil que las agresiones, que es más difícil de detectar”
Más allá del vínculo romántico o el carácter sexual de las relaciones desiguales, en La chica más lista que conozco, la novela de Barquinero, surge otra relación de desconexión potencialmente irreconciliable: la del individuo en oposición al sistema. En una refutación a la meritocracia, el libro revela cómo, para avanzar en un entorno académico, no basta con ser la chica más lista: los contactos y alianzas son esenciales, así como los que se forjan o se destruyen desde posiciones de desigualdad. Sin estos, trazar un camino a través de una burocracia creada por personas, pero que se convierte en un monstruo sin cabeza, se transforma no solo en una tarea kafkiana, sino que resalta lo que podría ser la relación descompensada definitiva, como reflexiona con gracia y profundidad Sara Mesa en Oposición (Anagrama).

Narradas desde la perspectiva femenina, estas nuevas visiones sobre las asimetrías proponen una revisión al relato tradicional. “Al igual que hemos consumido numerosas ficciones donde una joven se enamora de un hombre roto que ella intenta rescatar, ellos también han sido expuestos a historias como las de Woody Allen, donde el hombre intelectual es salvado por la simplicidad de una mente sin formar”, reflexiona Barquinero sobre cómo la literatura y el cine moldean el imaginario colectivo.
“Temía debutar con un tema polémico, porque muchas veces no coincidimos en lo que constituye maltrato y lo que no. Pero a medida que el libro comenzó a circular, empecé a recibir decenas de mensajes diarios, sobre todo de mujeres, que habían vivido lo mismo o que aún estaban atrapadas en relaciones así. El sentimiento más común era el alivio de saber que no les había pasado solo a ellas”, señala Solla. “La lectura es, en esencia, un acto solitario”, agrega, “pero cuando se comparte, cuando una amiga le regala el libro a otra, durante los clubes de lectura o debates, o cuando se menciona en los medios…, entonces se inician pasos hacia lo colectivo”.
Lecturas
Lo estás deseando. Kristen Roupenian.Traducción de Lucía Barahona. Anagrama, 2019. 288 páginas 20,90 euros.
Comerás flores. Lucía Solla Sobral. Libros del Asteroide, 2025. 248 páginas. 19,95 euros.
La chica más lista que conozco. Sara Barquinero. Lumen, 2026. 448 páginas 22,90 euros.
A mí no me ha pasado nada. Ana Marcos. Debate, 2025. 128 páginas. 12,90 euros
En la casa de los sueños. Carmen Maria Machado. Traducción de Laura Salas Rodríguez. Anagrama, 2021. 320 páginas 21,90 euros
Pureza. Garth Greenwell. Traducción de Inga Pellisa Díaz. Random House, 2021. 240 páginas 19,90 euros.
Kairós. Jenny Erpenbeck. Traducción de Neila García Salgado. Anagrama, 2023. 336 páginas 21,90 euros.



