Aquí ya no se puede vivir, o cómo Madrid se ha tornado inalcanzable para sus habitantes.


Madrid se está transformando en un lugar inhóspito. Así lo consideran muchos madrileños que son testigos de cómo, mes tras mes, su realidad en la ciudad donde nacieron o que les acogió se vuelve cada vez más compleja. A la escalada de los alquileres (desorbitados para un salario medio) se suma el incremento del coste de la vida: ropa, supermercado, entradas para eventos puntuales, y salir a comer a un restaurante alguna vez al mes.

Y como suele suceder en estas situaciones, siempre hay voces lúcidas que nos explican cómo hemos llegado a este punto. Lo que dice Pedro Bravo —quien ya reflexionó tangencialmente sobre este fenómeno en su destacado Exceso de equipaje: Por qué el turismo es un gran invento hasta que deja de serlo (2018)— es una consideración en voz alta, que parte de una tesis clara: las ciudades han dejado de ser concebidas como espacios de vida para transformarse en empresas que compiten por atraer a los turistas más ricos, más limpios y que más dinero gastan.

“Una de las tesis del libro, y una de las razones de muchas de las dinámicas que analizo, es cómo las ciudades —especialmente las denominadas ciudades globales, pero no solo, también las intermedias e incluso algunas pequeñas—, vistas aquí como sus administraciones, se han comportado en los últimos años como empresas dentro de un mercado competitivo frente a otras ciudades. Por ello, empiezan a considerar las ciudades que gestionan como productos”, explica, mientras señala un cambio estructural que atraviesa políticas públicas, estrategias culturales y planificación urbana.

Portada de ‘Antes todo esto era ciudad’ de Pedro Bravo

Este giro está provocando un cambio drástico en lo que entendíamos por ciudad. Su uso se está redefiniendo y lo que era un espacio para vivir, ahora se está convirtiendo en un producto que debe posicionarse en un mercado global, compitiendo con otras ciudades del mundo. “De ahí surgen estrategias como la marca ciudad, el funcionamiento como agencias de eventos o la promoción de rodajes de manera bastante acrítica, bajo la creencia de que eso atraerá gente. Lo que hay detrás es una búsqueda explícita de atraer inversores y visitantes”, añade. Todo se reduce a un objetivo común, captar lo que Bravo llama “accionistas y clientes”.

Las consecuencias, insiste, tienen efectos directos en nuestro día a día. “Las ciudades no son empresas”, subraya. “Lo que son, sobre todo, son comunidades en las que las personas nos reunimos para vivir y tener una vida, en principio, lo mejor posible”. Ese desplazamiento —de comunidad a producto— es el punto de partida de lo que denomina “corporativización de las ciudades”, un proceso que, lejos de mejorar su funcionamiento, introduce “un montón de disfuncionalidades”.

La conversación con Bravo es calmada, pero no deja de ser valiosa por la visión tan descriptiva y elocuente de todo lo que nos rodea. Y señala que muchos de los problemas actuales —desde la vivienda hasta la pérdida de identidad urbana— nacen de ese cambio de paradigma. “Muchos de los males que estamos experimentando en las ciudades son consecuencia de eso”, afirma, logrando conectar con esa idea tan tangible de “extrañamiento y desamor” que atraviesa nuestra relación con las ciudades.

Madrid como caso de éxito… y de fracaso

El análisis de Bravo se torna aún más sombrío cuando lo aterriza en su ciudad, Madrid. Dónde hemos llegado tarde, pero lo estamos asumiendo con fervor. “Visto desde la lógica de la competición, o desde la perspectiva de quienes desean que Madrid se destaque en ese mercado competitivo de ciudades —que considero negativo para todas—, está muy bien posicionada”, explica sobre la deriva que nos acosa. “En este momento, es uno de los principales hubs del ámbito latino, si no el principal, tanto para capital inmobiliario como para sectores relacionados con la creatividad y los espectáculos”.

El escritor Pedro Bravo (Cedida)

La capital se ha convertido en un nodo esencial de inversión, turismo y cultura global, con la capacidad de atraer capital internacional, grandes eventos y flujos constantes de visitantes. Sin embargo, ese éxito tiene otra cara menos visible. “Desde la perspectiva de los ciudadanos, es un fracaso”, sentencia. “Porque ese dinero que se genera no se reinvierte verdaderamente en la ciudad, y la gente que trabaja en estos sectores es escasa y, generalmente, con sueldos bajos”.

Lo que funciona en el mercado no funciona para la vida. Y la vivienda se ha convertido en el ejemplo más evidente. “El acceso a una casa se está volviendo prácticamente imposible. Los precios, tanto de alquiler como de compra, han aumentado drásticamente en los últimos años. Las cifras están ahí; ni siquiera es necesario citarlas. Y, además, cada vez que mencionas una, ya se queda corta”, detalla sobre un problema que no se limita solo al acceso a la vivienda.

Bravo describe una inflación generalizada del coste de vida, especialmente en sectores como la hostelería, que, paradójicamente, tampoco se benefician del modelo. Los negocios locales, intentando adaptarse a esos supuestos clientes que provienen de fuera, terminan atrapados en una dinámica que no puede sostener ni a turistas ni a residentes. “La realidad es que, al menos en los barrios más turísticos, los negocios de hostelería lo están pasando mal”, continúa. “Los precios de hoteles, apartamentos y viviendas de uso turístico son tan altos que los visitantes no pueden permitirse salir a comer o cenar todos los días. Ese modelo, centrado en el sector servicios, no está funcionando como se esperaba”.


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A esto se suma una transformación mucho más profunda: la pérdida de diversidad. “Se está creando una homogeneización de lo que es la ciudad”, señala. La dificultad para que proyectos pequeños y medianos sobrevivan resulta en una reducción drástica de opciones vitales. “Cuando se hace insostenible sobrevivir y, desde las administraciones y las estrategias de posicionamiento, se intenta atraer grandes capitales internacionales, se dificulta que los proyectos pequeños y medianos puedan desarrollarse. Y eso afecta directamente a la diversidad económica”, añade.

Una ciudad de la que se presumía que se vivía bien ahora es un lugar donde cada vez se vive peor. “Quizá quienes viven bien son los que vienen de visita con mucho dinero”, señala. “Porque incluso los turistas con presupuestos ajustados tampoco pueden disfrutar de una experiencia significativa, por así decirlo”. El resultado es una ciudad donde vivir bien deja de ser la norma.

Expulsión, desigualdad y pérdida de comunidad

Uno de los aportes más contundentes de Todo esto antes era ciudad es su explicación del desplazamiento urbano como un proceso continuo, no como un fenómeno aislado. Frente a esa idea absurda de que esto solo ocurre en barrios del centro de la capital, Bravo describe una imagen más dura: “Esto es como cuando tiras una piedra al agua y se crean ondas”.

Cuando el centro se vuelve inaccesible, la presión se desplaza a los barrios periféricos, generando un efecto en cadena. “Si en el centro ya no se puede vivir y quien pagaba, por ejemplo, mil euros por un apartamento tiene que mudarse a una zona exterior, pagará más allí y expulsará a quien residía en ese barrio, quien se marchará aún más lejos. Y así sucesivamente”, explica sobre estos movimientos que afectan todo el delicado engranaje de la ciudad.

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“Al facilitar este modelo, lo que se está logrando es complicar enormemente la gestión de la ciudad, que además se expande cada vez más. Si la gente se traslada constantemente hacia la periferia, todo se vuelve más complicado: el transporte, la movilidad, la organización del tiempo”, reflexiona. “Si tardas más en llegar al trabajo, pierdes tiempo de vida y ocio. Y la diversificación económica sufre el mismo proceso. Todo esto genera problemas que nadie está abordando con una visión integral”.

Luego, puntualiza cómo la ciudad de Madrid ya se extiende más allá de la propia Comunidad de Madrid. “Hay mucha gente viviendo fuera, en territorios limítrofes, y eso es complicado”, describe sobre un crecimiento ya negativo, muy difícil de manejar, no solo porque la ciudad tiene límites administrativos. “En Madrid no existe una autoridad que gestione de forma integral el área metropolitana, y no parece que vaya a existir a corto plazo”.

Prosigue abordando el problema de la desigualdad, cada vez más palpable: “Al concentrarse todo en un mismo sitio —que además crece y absorbe cada vez más procesos—, se genera una gran desigualdad interna. Madrid es una de las ciudades más desiguales de la OCDE”. A esto se suma la desigualdad interterritorial. “La primacía de Madrid en estos procesos provoca que otras ciudades, cercanas o no, pierdan relevancia. Y esto es negativo para el conjunto, porque la cohesión territorial depende de una red de ciudades fuertes, incluso si son más pequeñas, donde se puedan desarrollar vidas con oportunidades”, añade.

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Lo realmente interesante (y refrescante) de la obra de Bravo es una segunda parte llena de esperanza, a pesar de no ofrecer soluciones sencillas. “En el libro no me atrevo a dar respuestas concretas”, reconoce, aunque sí plantea líneas de reflexión claras. La principal se centra en un enfoque distinto hacia nuestro ecosistema vital y urbano. “Recuperar la idea de ciudad no como producto, sino como un lugar donde vivir”, resume.

Esa recuperación requiere condiciones básicas: acceso a la vivienda, proximidad entre trabajo y hogar, diversidad económica, y relaciones sociales. “Que tu trabajo cubra y sobre para pagar el alquiler y tener una vida decente”, enumera. En última instancia, el libro propone una forma de resistencia. “Rebelarse en el buen sentido”, dice. Negarse a aceptar que la ciudad deba funcionar como una empresa. Defender que vivir en ella no debería ser un privilegio. Recordar, en definitiva, que antes todo esto era ciudad… y que aún podría volver a serlo.

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