Ayuso revive a Woody Allen a través de su populismo y con nuestros fondos.


Isabel Díaz Ayuso ha optado por destinar -invertir- 1,5 millones de euros públicos a la próxima película de Woody Allen. No se trata únicamente de un patrocinio: es una afirmación de principios. La presidenta de Madrid se presenta como defensora de la «cultura de la cancelación», apoyando a un creador a quien Hollywood ha decidido olvidar. Lo hace con una habilidad política que fusiona provocación, marketing y populismo. Madrid se presenta como el refugio de la libertad creadora, y Woody Allen como un santo patrono crepuscular.

Este gesto tiene una mezcla de manifiesto y campaña. Ayuso no financia a cualquier cineasta, sino al emblema de una época donde el arte se valoraba por su calidad estética y no por su historial moral. En este contexto, su elección contiene un atrevimiento político que va más allá de lo circunstancial: el mensaje implícito es que el talento no caduca, que la obra de un creador no debe ser juzgada en tribunales mediáticos, y que el arte, por incómodo o decadente que parezca, merece respaldo institucional.

La paradoja es jugosa. Porque aunque la presidenta defiende al Woody Allen libre de juicios morales, lo hace estableciendo una cláusula que exige incorporar la palabra Madrid en el título de la película. La defensa de la libertad artística se pauta y rebautiza con nombre de ciudad. El gesto político eclipsa el gesto cultural, y el resultado se asemeja más a un spot turístico que a un acto de mecenazgo.

Es relevante recordar que las filmaciones anteriores del maestro en España —Vicky Cristina Barcelona y Rifkin’s Festival— no fueron precisamente sus obras más icónicas, sino más bien las travesías de un cineasta que ofrecía una experiencia urbana a sus mecenas.


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M. Nevot

Y, a pesar de todo, resultaría injusto reducir su ocaso a un estereotipo. En los últimos años, Allen ha creado películas tan hermosas como Wonder Wheel (2017), Un día de lluvia en Nueva York (2019) o Golpe de suerte (2023). Todas ellas exhalan la melancolía luminosa de quien aún controla el ritmo del diálogo, la ironía de los amores perdidos y la armonía musical de las ciudades como estados de ánimo. Quizás no sea el Woody Allen más brillante del siglo XX, pero sigue siendo un autor capaz de conmover.

Ayuso, con su instinto escénico, ha captado el valor simbólico de la acción: rescatar a un creador marginado por los puritanos del MeToo y transformarlo en un símbolo de la libertad cultural madrileña. Además, lo hace con la destreza del personaje público que percibe la política como un espectáculo. La alfombra roja reemplaza al atril. Y la imagen junto al cineasta octogenario vale más que cien debates en la Asamblea.

Woody Allen tocó en 2019 en las Noches del Botánico. (EFE)

No se trata de apoyar al arte, sino de capitalizar su prestigio. Madrid se convierte así en plató, en decorado institucional, en escenario de una película que probablemente aborde el amor, la culpa, la muerte, el sexo o el jazz, pero que en realidad gira en torno a su propia producción: la presidenta defendiendo al genio, el genio filmando en la capital, los medios documentando el evento. Una ficción dentro de otra ficción.

Y, sin embargo, sería mezquino negar la astucia política de esta maniobra. En un país donde la cultura se maneja entre la burocracia y la militancia, Ayuso ha logrado incorporar un elemento provocador: apoyar a un artista cancelado, y hacerlo con entusiasmo. Que el patrocinio dé lugar a una película menor o a un discurso memorable es un aspecto secundario. Lo esencial ya se ha filmado: la imagen de una presidenta que desafía la corrección política y convierte el mecenazgo en narrativa.

Woody Allen filmará Madrid algo —o Something Madrid, según lo estipulado en el contrato—, paseará por el Retiro, tal vez toque su clarinete en una escena nocturna, tal vez redescubra en la melancolía urbana una chispa de inspiración en la plaza de Cascorro o en las Vistillas. Y cuando la película se estrene, se hablará menos de su argumento que del gesto de Ayuso.

Porque esta historia, más que una producción cinematográfica, es una producción simbólica: la redención del artista y la consagración de la política como performance.

Isabel Díaz Ayuso ha optado por destinar -invertir- 1,5 millones de euros públicos a la próxima película de Woody Allen. No se trata únicamente de un patrocinio: es una afirmación de principios. La presidenta de Madrid se presenta como defensora de la «cultura de la cancelación», apoyando a un creador a quien Hollywood ha decidido olvidar. Lo hace con una habilidad política que fusiona provocación, marketing y populismo. Madrid se presenta como el refugio de la libertad creadora, y Woody Allen como un santo patrono crepuscular.

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