Chitón, el nuevo santuario de la comunidad LGBTQ+ en Madrid.
Destacar en la vibrante vida nocturna de Madrid se vuelve un desafío, especialmente en un periodo en que la capital revive esa efervescencia similar a la bohemia de Ava Gardner, cuando las noches se prolongaban sin remordimientos y el amanecer sorprendía con los tacones en la mano. Sin embargo, en pocos meses desde su inauguración, un nuevo templo de alta gastronomía y diversión discreta ha emergido como uno de los locales de moda para aquellos que buscan anonimato y elegancia sin estridencias. Chitón, un club en la calle Bárbara de Braganza que, a pesar de su nombre, asegura un ambiente animado, al menos a partir de las 21:30 horas, momento en que la música comienza a sonar y la pista de baile se abre. Antes, el ritual requiere calma: copas bien servidas, miradas intercambiadas y clientes que preparan las energías para una larga noche, degustando algunos de los platos cuidadosamente elaborados que ofrece el menú, firmado por el chef Miguel Vidal.
Croquetas de jamón ibérico, ensaladilla con tartar de atún, hamburguesa de vaca madurada o patatas fritas caseras con caviar y créme fraîche son las delicias más destacadas de un menú que promete lo habitual, pero en una categoría superior, aquella en la que el lujo no necesita ser proclamado. Una filosofía que también se refleja en el sofisticado diseño interior del local, creado por De la Villa Studio, donde maderas nobles, mármoles, luces cálidas y una penumbra cuidadosamente estudiada plasman el tan aclamado concepto de lujo sutil. Un espacio único pensado para ver y ser visto, sin que parezca así, donde cada rincón atesora una historia aún por contar.
Todo muy atractivo, sí, pero un club nocturno no tiene razón de ser sin su clientela. El «ambiente» siempre se convierte en el mayor atractivo para el nuevo público, y Chitón ha logrado congregar a un grupo selecto de habituales que lo establecen como el «place to be» para los pijos vanguardistas, aquellos que combinan trajes bien confeccionados con la nostalgia de un piano bar. Entre copa y copa, el local ha sido testigo de conversaciones interminables, bailes desenfrenados y secretos susurrados en los baños. Ay, si esas paredes pudieran hablar.
Sin pretensiones de dirigirse mayormente a un público LGTBIQ+, la realidad es que la comunidad ha hallado en Chitón un nuevo refugio más allá de los límites de Chueca, al que acudir cada fin de semana, pero sin garrafón ni ofertas de 3×2 en chupitos. Aquí, el hedonismo se practica con clase y el cliente promedio refuerza la idea de que las rentas de los hombres homosexuales tienden a estar por encima de la media. Vestir a la perfección se convierte en un requisito no escrito para ganar la aprobación de las miradas furtivas, siempre rápidas, siempre evaluadoras.
La discreción es otro de sus mayores activos. Lo que ocurre en Chitón, suele quedarse en Chitón. Sin embargo, la semana pasada, no pude evitar descubrir entre sus visitantes al actor Javier Ambrossi, que compartía momentos apasionados con otro hombre, a quien besaba con cariño meses después de que se conociera públicamente su ruptura con Javier Calvo. Otros rostros conocidos que han disfrutado del jardín de delicias de Chitón incluyen a Raúl Prieto, director de programas de televisión y esposo del arquitecto Joaquín Torres, quien parece estar atravesando una crisis sentimental; el actor Alfonso Bassave y la actriz Karla Sofía Gascón. El resto queda reservado, en respeto al derecho que todos tenemos –o deberíamos tener– a disfrutar de una noche inolvidable.



