Después de 48 días disfrutando de su nuevo apartamento, la policía la confundió con una okupa y pasó la noche en el calabozo | Noticias de Madrid
Era el día 48 de su nueva vida. Había transcurrido cuatro años llenos de dificultades para poder mudarse a un piso propio, un logro que no resulta sencillo para cualquier pareja joven en Madrid. Era de madrugada y ella cenaba en el salón los restos del almuerzo, tras regresar del concierto de su pareja, un cantante de punk que descansaba en el dormitorio. De repente, el salón se iluminó. A través del balcón entró el haz de luz de un foco de búsqueda policial. Ella se asomó y vio que en la angosta calle de Carabanchel había varios coches policiales. Por el megáfono, una agente le gritó: “¡Señora! ¡tenemos una alerta de intrusión! ¡Baje ahora mismo!“.
Vestida con pijama, pantuflas y una bata gris decorada con dibujos de rollos de sushi, salió de inmediato por la puerta de su piso, lista para explicar que debían haber cometido un error. Consideraba que la confusión era comprensible, dado que la entidad de la que compraron la vivienda, la Sareb, conocida como “el banco malo”, aún no había desactivado las alarmas de las áreas comunes ni la puerta antiokupas del portal, a pesar de que ellos les habían notificado por escrito que se habían mudado, siendo los primeros en estrenar aquel bloque de viviendas. A las tres de la mañana de aquel frío domingo 18 de enero, bajó las escaleras con su móvil, donde guardaba las escrituras. Eso, pensaba ella, debía ser suficiente. Estaba muy equivocada.
La propietaria, Cristina P. Martín, de 35 años, trabaja como ingeniera de preventa en una compañía de software y relata esta historia entre llamadas a clientes que atiende en inglés. Se sentó junto a la mesa del salón donde cenaba cuando fue invadida por aquella luz intensa. El suelo es de parqué y apenas hay espacio para un libro más en una estantería de suelo a techo. Sobre un sofá, colocaron un póster enmarcado de la banda de punk Eskorbuto, un referente del rock radical vasco de los años ochenta y noventa.
Descubrió este piso en Idealista durante el verano de 2024, luego de dos años de búsqueda. El edificio entero era uno de esos bloques de viviendas que quedaron a medio hacer tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y que fueron absorbidos por la Sareb, la entidad creada para vender los activos problemáticos de los bancos. Es un segundo piso con trastero y garaje que le costó poco más de 265.000 euros y que está financiando mediante hipoteca. Cristina dejó el piso que alquilaba con la esperanza de mudarse a este otro con su novio, pero la Sareb les informó a ella y a los demás compradores que había un problema con la electricidad debido a un retraso en el permiso para la instalación que alimentaba al edificio. Debían esperar.
Explica que no sabían si el retraso sería de meses o años y que era muy complicado obtener respuestas de la Sareb o de la inmobiliaria que gestionó la venta de los pisos, Hipoges. La espera estaba afectando su economía y decidieron mudarse. Buscaron en ChatGPT cómo suministrar electricidad a un piso y descubrieron que por 600 euros podían adquirir una batería que les daría luz durante una semana y que podrían recargar en un estudio de música cercano. Estrenaron su hogar el 1 de diciembre.
Cristina asegura que aquella madrugada del 18 de enero se encontraba con unos agentes de la Policía Nacional que no estaban dispuestos a dialogar. “Salí en pijama para explicarles que podían irse en paz”, rememora. “Pero no me dejaban hablar y no paraban de gritarme. Una agente me gritaba en la cara y le respondí que así no me hablara. Entonces me quitó el móvil y me estampó contra la pared para ponerme las esposas”, narra esta joven que mide 1,57 y pesa 50 kilos.
Su pareja bajó alarmado y comenzó a grabar con el móvil, según la joven, pero otro policía lo inmovilizó y lo tiró al suelo. “Le susurró al oído ‘te voy a reventar hijo de la gran puta’”, relata. A cada uno los llevaron en un coche diferente. Según la narración de Cristina, a su pareja le pusieron las esposas demasiado apretadas y acabó con las muñecas ensangrentadas. “Iban dando bandazos como en una atracción de feria para que él se golpeara”, continúa. “Él les gritaba que ‘os estáis equivocando, somos propietarios’, pero ellos reían de una manera casi psicopática”, afirma Cristina. En el vehículo donde la transportaban, dice, los dos agentes escuchaban música techno.
Los llevaron a la comisaría de Carabanchel, cada uno a un calabozo diferente. Allí se dieron cuenta de que Cristina necesitaba su medicación. Fue su pareja quien regresó al piso escoltado por dos agentes. Apagó una vela que había quedado encendida y alimentó a Pistón, su perro podenco. “Al ver la casa amueblada, se dieron cuenta de su error. Que no habíamos entrado esa noche y vivíamos allí. Por algún motivo, le quitaron las esposas, le preguntaron si toca la guitarra y acariciaron al perro”. No importó.
Cristina se enteró en el calabozo de que no los acusaban de usurpación de inmueble, lo que se conoce como okupación. Los mantenían arrestados por desobediencia y agresión, una acusación que aseguran que es falsa. Recordó a un amigo que hace años tuvo un altercado con la Policía. Pensó que, como él, iban a pasar por un juicio y terminar con antecedentes.
Desesperada, pidió perdón a su chico, que la escuchaba desde otra celda. Quizás no habría pasado nada si se hubiera quedado en el balcón. Como suele hacer, ella comenzó a cantar para tranquilizarse. La observaba una mujer ebria que había sido detenida por agredir a su hijo de 16 años.
Poco después del amanecer, los trasladaron en una “lechera” con otros detenidos a la comisaría de Moratalaz para la toma de fotografías y huellas, y de ahí a los juzgados de Plaza de Castilla, donde los encerraron nuevamente por separado. A ella le asignaron una celda junto a tres carteristas, tres chicas arrestadas en una pelea en una discoteca, otra involucrada en un altercado, una azafata que había intentado acuchillar a su pareja y una estudiante de enfermería de 19 años acusada de robar un coche. Sabe lo que hizo cada una porque, para pasar el tiempo, conversaron sobre sus respectivas calamidades.

Sin embargo, gran parte del tiempo lo pasó en silencio, mirando al infinito. La luz eléctrica blanca la “desquiciaba”, estaba helada y no le proporcionaron mantas, relata. Las detenidas tenían que hacer sus necesidades a la vista de todas en un retrete ubicado en la misma celda, junto a una pared manchada de excremento. En la puerta se leía: “Puta Policía”.
Cuenta que poco después de las tres de la tarde, tras soportar doce horas de sufrimiento, la llamaron para un encuentro privado con su abogada de oficio. Traía buenas noticias: los dejaban libres sin cargos. La jueza de guardia no había dado credibilidad al testimonio de la Policía, le dijo. Nada de lo que había temido se iba a cumplir. Ni juicio, ni gastos en abogados, ni antecedentes penales. Cristina rompió a llorar.
“Error”
Aquella tarde de domingo salieron a la luz del día, ella en pijama y él en chándal. Solicitaron un taxi para regresar a Carabanchel con la idea de reunirse con el pobre Pistón, comer y descansar. Pero al bajar del vehículo descubrieron que la llave del portal no funcionaba. La Sareb había cambiado la puerta antiokupas. A pesar de que no les apetecía, llamaron a la Policía. Esta vez les ayudaron. Llegó un empleado de la empresa de alarmas que les dijo que no podía entregarles las llaves porque eso dependía de la Sareb, pero sí podía darles acceso para rescatar a Pistón. Ya de noche, se fueron a casa de unos amigos que les ofrecieron alojamiento.
El miércoles al mediodía, tres días y medio después de la fatídica madrugada, la Sareb les entregó la nueva llave. Ahora preparan una demanda contra la Sareb por daños morales. Descartan presentar acciones legales contra la Policía “porque tienen presunción de veracidad y resulta muy complicado ganarles”, explica su abogado, Nacho Pérez-Santander, presente durante la charla con Cristina.
La Sareb no les ha ofrecido disculpas, pero tras ser consultada por este periódico, una portavoz envió un correo para el artículo: “Lamentamos lo sucedido a esta pareja por la situación vivida tras esta actuación policial ocurrida por el salto de la alarma del edificio cuando intentaban acceder a su vivienda”.
La portavoz reconoce su “error” al comercializar estas viviendas sin suministro eléctrico. La entidad sostiene que ofreció alternativas a los compradores, como resolver el contrato o cubrir un alquiler. Cristina responde que desestimó esta última opción porque desconfiaba de que la Sareb pagara a tiempo, considerando sus demoras en responder.
La Sareb también argumenta que, a pesar del retraso en entregar las nuevas llaves, el lunes dejó abierto el portal. Añaden que están gestionando el problema de la electricidad, pero que la tramitación puede tardar algunos meses.
En cuanto a la Policía, fuentes del cuerpo en Madrid sostienen la veracidad de lo indicado en el informe por sus compañeros intervinientes. Precisan que, por protocolo, no dan credibilidad a fotos en un móvil de documentos oficiales, como las escrituras. Agregan que en el bloque había “cerraduras forzadas en dos pisos”, lo que interpretaron como indicios de intrusión.
Cristina insiste en que los agentes no preguntaron si tenía las escrituras originales. Piensa que se dejaron llevar por sus prejuicios. Su flequillo “estilo Bildu”, su tatuaje de una luna creciente y la estrella de David en la mano, el mismo que llevaba Camarón de la Isla, los “aros de Euskal Herría” y las greñas de su pareja… “Quizás si llevara una pulsera con la banderita de España no hubiera pasado por lo que pasé”, reflexiona al recordar lo sucedido.
Su abogado asiente: “Seguro. Hace mucho que aconsejo a mis clientes que se vistan adecuadamente al ir a verse con el juez”.
Cristina opina que esto no habría sucedido sin la influencia de una publicidad y noticias que han dado una “idea exagerada” del problema de la okupación. De hecho, el día anterior a su encuentro con EL PAÍS, la policía, en este caso la municipal, se presentó nuevamente, aparentemente alertada por una vecina. Esta vez no hubo arrestos. “Hay demasiada psicosis”, dice esta nueva propietaria sobre la historia que ha vivido en el Madrid de las pesadillas inmobiliarias.
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