El enigma final de Goya se titula Rosario Weiss | Cultura
Los monstruos de Goya no solo provocan sensaciones singulares, juicios de país y alteraciones en quienes los observan, sino también obras: nuevas y valiosas creaciones sobre su vida, su pintura, su pensamiento y su legado que continúan enriqueciendo el patrimonio cultural español. El genio aragonés no solo creó en mayúsculas, no solo retrató su tiempo y el nuestro, sino que desató un tsunami, un torrente de creaciones en cine, pintura y literatura. Hoy se suma un nuevo original imprescindible en la estantería: La hija (Alfaguara), el nuevo libro de Sergio del Molino, escritor y columnista de EL PAÍS, con quien recorremos el Museo del Prado en busca del germen, de la semilla, de la chispa que avivó su obsesión.
—¿Cómo comenzó todo?
—Mi fascinación más temprana empieza aquí, en las Pinturas Negras. Estamos en la casa de Goya y para mí son el núcleo y el alma del museo. Entré a Goya a través de esas pinturas y también llegué a España por ellas. La España vacía debe mucho a esta fascinación por unas Pinturas Negras que emanan todo el pensamiento moderno sobre España, del que me siento heredero y seguidor: la corriente de pensamiento pesimista.
Estamos recorriendo la sala de esas Pinturas Negras, que Goya pintó en su última morada en Madrid entre 1820 y 1823. Más allá de Saturno, Las parcas, Perro semihundido o El aquelarre, ante las que se agolpan decenas de visitantes ahora mismo, Del Molino se detiene ante el retrato posiblemente más luminoso de esta colección oscura que sobrevive al deterioro de la Quinta del Sordo: el de Leocadia Zorrilla, su última compañera, quien compartió con él su vida en esta última casa madrileña y le acompañó al exilio en Burdeos. “Leocadia fue una mujer de mentalidad vanguardista para entonces, pero muy fácil de entender desde los códigos actuales. Su relación con la libertad y con Goya son evidentes. Solo he completado algunos vacíos”. Para las cartelas del Prado, sigue siendo su ama de llaves.
Pero el enfoque de su libro no es exactamente Leocadia, divorciada de un hombre que la esquilmó, sino de una de sus tres hijas, Rosario Weiss, que creció con un Francisco de Goya que no solo ejerció como padre sino también como maestro. A diferencia del único hijo de su propio matrimonio que le sobrevivió (Javier) y de su nieto (Mariano), que se dedicaron a malvender la herencia y falsificar lo que pudieron, la niña Weiss aprendió a ser pintora y luchó contra el olvido histórico hasta convertirse en la artista que muchos museos y colecciones desean, pero que sigue sin ser reconocida por el gran público.
El nuevo libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979) fundamenta su narrativa en la verdad histórica. A partir de ella, edifica con arte, imaginación y las herramientas de la ficción una biografía impactante de una artista tan extraordinaria como silenciada por la familia de Goya y el establishment de la época. En el proceso, retrata el siglo XIX español con sus episodios de violencia, reacción, lucha por avanzar y el nacimiento de la política tal como la entendemos hoy. Del Molino, que ha demostrado su habilidad narrativa en incursiones históricas como Los alemanes, con la que ganó el premio Alfaguara, además de poner nombre a nuestra realidad con La España vacía, ha respetado la escasa historia conocida y le ha añadido una audaz ingeniería para iluminar a la niña que heredó el sentido artístico de su padre de facto, pero poco más. Por el contrario, fue eliminada.
Caminamos hacia el autorretrato titulado La atención (1841), una de las pocas obras conservadas de Weiss, que se sitúa justo encima del retrato de Goya pintado por Vicente López en 1826. Ambas obras conectan la vida de Weiss: bajo está su padre y maestro tal como era cuando ella era niña. Arriba, su figura de adulta. Este lienzo de Weiss, lleno de sensualidad y erotismo, le parece a Sergio del Molino coherente con una artista a quien en su vida adulta acusaron de puta, le atribuyeron sífilis y utilizaron su cuerpo para abrirse paso. “Este es el retrato de una mujer a la que no le importaban demasiado esas cuestiones. En él está desafiante y eso me encanta”.
Cerca se encuentra La lechera (1827), una de las pinturas que el maestro realizó en Burdeos durante su etapa final, un año antes de morir allí, y que muy probablemente fue coautorizada por la niña aprendiz. De hecho, y para desgracia de Leocadia Zorrilla y su hija, esa fue casi su única herencia.
“Es inabarcable lo que hay escrito sobre Goya, pero yo no hallaba la presencia de Rosario Weiss más que como una nota al pie y estoy seguro de que le influyó mucho”, confiesa Del Molino. “Más allá de que fuera su hija o no, intenté rastrear su presencia y vi que sigue siendo un agujero negro dentro del misterio de Goya en su última etapa”.
Y su convicción fue que, más allá de lo que él le enseñó a ella, ella le enseñó a él, le influyó, fue relevante y que “parte de las cosas que nos perturban e inquietan del último Goya se iluminan mejor con la presencia de Rosario”. En los tiempos de Burdeos, con un Goya anciano que había abandonado Madrid tras el regreso del absolutismo, se produce algo opuesto a lo que experimentaron otros maestros longevos que en su última etapa se volvían “torpes, crípticos, casi abstractos, incomprensibles”. “Se ha estudiado mucho en Beethoven y otros artistas que se tornan oscuros en el final de su vida donde antes eran claros. Goya, a pesar de su tendencia a la oscuridad, en esta etapa remonta, hay un momento luminoso y creo que tiene que ver con el aprendizaje de Rosario, que le aporta mucho”. Son los días de Aún aprendo, lección de jovialidad que nos brinda Goya anciano desde Burdeos, y de numerosos dibujos anticipatorios de la modernidad que iba a llegar. “Goya está presenciando ese aprendizaje y, en vez de encerrarse en sí mismo y volverse incomprensible, se esfuerza por ir hacia la claridad. Todo eso está íntimamente ligado a la presencia de Rosario”.
La imagen de esos años obsesionó a tal punto a Sergio del Molino que se encerró a leer todo lo que pudiera para documentarse y captar el aire de esta época.
—¿Es este libro por amor a Goya o a Rosario Weiss?
—Es por amor a ambos, porque veo que hay algo muy poderoso en la conjunción entre el Goya viejo y la artista joven. Me interesa mucho la cuestión del linaje, la transmisión, la herencia. Como plebeyo que soy, quiero saber de dónde venimos. Eso es parte de la génesis y el centro de mi obra.
Y en esa Lechera de Burdeos se fusionan, comenta, el Goya que se va y la artista que viene. “Ese rompeolas me interesa mucho”.
Sin embargo, la artista que venía fue eliminada de un plumazo cuando el nieto y la nuera de Goya llegaron a Burdeos días antes de la muerte del maestro, tomaron el control y Leocadia Zorrilla y su hija se vieron prácticamente expulsadas, sin más herencia que esa lechera que hoy se exhibe en el Prado.
¿Fue Goya injusto con ellas? “Intento salvarlo en el libro, creo que no era consciente de que las dejaba desprotegidas. Quiero creer que murió pensando que había dejado las cosas en orden, pero no fue así”. Ambas mujeres quedaron en la intemperie, en el exilio, desconectadas de los círculos artísticos de Madrid. “Además, luego las boicotean. El hijo de Goya utiliza todo el poder de sus redes clientelares en Madrid para relegar a Rosario y le costará mucho hacerse un nombre”.

Weiss logró lo que se propuso. Se convirtió en copista del Prado, trabajó en la Academia de San Fernando, que la nombró Académica de mérito en 1840, y fue maestra de dibujo de Isabel II, un puesto truncado por su prematura muerte por cólera en 1843, con solo 28 años. Pero casi toda su producción al óleo, alrededor de 20 o 30 cuadros, se ha perdido. “Nos queda mucho de Rosario Weiss por recuperar, tal vez hay muchas obras atribuidas a otros autores”. Sus dibujos están en el Lázaro Galdiano y ya se han realizado un par de grandes exposiciones. “Comienza a darse a conocer, pero su reconocimiento no pasa de un círculo muy reducido. Los grandes museos del mundo, incluido el Metropolitan de Nueva York, sienten que su colección está incompleta sin una obra de Weiss, pero aún falta un amplio reconocimiento por parte del público. Ojalá mi libro ayude a que deje de ser un secreto compartido entre una camarilla y se convierta en una figura respetada por todos”, asegura Del Molino.
El gran misterio por resolver sigue siendo la paternidad por confirmar de Goya, opina Sergio del Molino. Pero, francamente: ¿qué seríamos sin ese silencio, sin los misterios que alimentan la literatura y el arte?
El silencio es precisamente una de las obras perdidas de Rosario Weiss, presente en La hija por razones bien trazadas en la novela. Y es también el fundamento de la creación. “El silencio es el gran armazón del arte, sin él no puedes crear literatura, ni pintura, ni música, porque navegamos entre lo implícito, lo supuesto y lo ambiguo, lo que multiplica y profundiza el misterio. Si el arte se vuelve demasiado explícito y evidente, deja de ser arte”. ¿Y qué es el arte? “Todo lo que se manifiesta con capas, densidades y equívocos. El arte juega con el silencio para intentar compartir un secreto, esa es su esencia: intentar que entendamos sin comprender del todo, sin que se nos explique. Que las cosas sean evidentes pero que no sea necesario explicitarlo porque, en el momento en que alguien expone las cosas, destruye el arte por completo”.
Y la vida de Rosario Weiss fue justamente eso, puro silencio, concluye Del Molino sobre ella. “Su vida carece de voz, de documentos; no sabemos nada, ni qué pensaba ni cómo se expresaba. Solo podemos interpretarla a través de su arte”. A ella se aproxima en la novela a través de un narrador enamorado que ha permitido a Sergio del Molino responder al eterno reproche que le hace su mujer a su literatura. “Ella siempre me recrimina que soy muy reacio a las historias de amor. Aquí había una historia romántica y me pareció el momento de superar mi miedo a parecer cursi. Por ello, elijo como narrador a quien escribió el obituario de Rosario Weiss, un hombre que tuvo una relación muy cercana a ella pero que también se convirtió en arquetipo de lo que hemos hecho todos con Rosario: apartarla, dejarla de lado”.
¿Temor a los goyistas, a los especialistas recelosos de la llegada de profanos al mundo del pintor? “Supongo que lo leerán con cierta desconfianza, pero estaré encantado de debatir; no hay nada que más me guste que una buena conversación”, asegura el autor. Al fin y al cabo, “hay un Goya a la medida de cada persona. Cada uno puede retratar el suyo porque tenemos suficientes lagunas para poder apropiarnos e interpretar cosas equívocas. Hay un Goya homoerótico con su amigo Martín Zapater, otro romántico enamorado de la duquesa de Alba… y luego vienen los goyistas a reducir las expectativas y detenernos. Por fortuna para los literatos, y no para los especialistas, hay un Goya para cualquier persona que desee acercarse”.
Sergio del Molino termina el recorrido por el Prado con una reflexión más optimista sobre España: cree que no es más fratricida o violenta que los países a nuestro alrededor, pero nadie tuvo la suerte de contar con Goya para “proyectar nuestro sentido trágico de la historia sobre su obra”. Por lo demás, le fascina una época en la que nació la política moderna y los partidos, contraria a las camarillas vinculadas a la corona que la definían hasta el siglo XIX. “En esa época asistimos al nacimiento de la política de banderías, pero la polarización y la intransigencia no han cambiado nada”. Palabra de Sergio del Molino.



