El inmueble con mil historias que muestra el error de Madrid al destruir su patrimonio.


Para una ciudad, demoler un edificio casi siempre representa un fracaso. Pasar de lo construido a un terreno vacío, hacer tabula rasa y comenzar de nuevo es lo mismo que deshacerse de fragmentos de memoria. Además, hay una realidad que pocos arquitectos admitirán abiertamente: construir es una actividad necesaria, pero costosa; extremadamente costosa en términos de horas de trabajo, materiales y energía. Por ello, aprovechar lo que ya existe es un indicativo de inteligencia que trasciende lo económico.

Esto es precisamente lo que ha sucedido en el emblemático Cine Bogart, una edificación con múltiples vidas ubicada detrás del Congreso de los Diputados, en el número 7 de la calle de Cedaceros. Si menciono que tiene una planta en forma de L y es de estilo regionalista, probablemente no te diga mucho; pero si te cuento que a lo largo de su historia ha sido un centro de eventos culturales, una cancha deportiva, una sala de proyecciones, un edificio okupado y hasta un hub de negocios, la perspectiva cambia. ¿Cuál es su secreto? Contar con arquitectos y promotores visionarios que supieron adaptarlo a cada demanda de su tiempo sin dejarse llevar por complejos.

La historia del Bogart es un relato de supervivencia no por nostalgia, sino por utilidad. Luis López lo construyó a principios del siglo XX como Salón Madrid. En esa época ya era un híbrido: se utilizaba como cine, espacio social y salón de baile con orquesta. En 1916, Francisco Reynals lo transformó en el primer frontón de la capital dedicado al deporte femenino, conocido como Frontón Madrid. Seis años después, sufrió su reconversión más profunda: Luis Ferrero anticipó el futuro al situar un teatro en los niveles inferiores y un frontón en los superiores. Esta mezcla, que muchos arquitectos promovemos hoy como solución urbana, ya formaba parte de una lógica muy actual que busca optimizar el espacio, mezclar usos y diversificar públicos para mantener una actividad constante. Así se revitaliza una ciudad, no creciendo sin límites -básicamente, porque eso es imposible-.

Fachada del edificio de Cedaceros 7, aún con los luminosos del Cine Bogart (COAM)

El Bogart también adoptó el nombre de Teatro Rey Alfonso cuando Alfonso XIII lo regaló a su amante, la actriz Carmen Ruiz Moragas, en 1920; luego fue cabaret y cuplé bajo los títulos de Club Piccadilly y Cabaret Lido; salón privado para hombres de negocios; Cine Panorama durante décadas; Cine S -que no X, como el edificio de El Imparcial- a medio camino entre el destape y las primeras proyecciones de escenas violentas y transgresoras tras el franquismo; Cine Cedaceros en los años ochenta; y, finalmente, Cine Bogart en los noventa, con estrenos notables como Rebecca, Cinema Paradiso o Easy Rider.

Luchar contra el abandono

En este punto, ha quedado claro que derribar un edificio suele ser una solución deficiente en comparación con la alternativa de transformar, siempre que el estado de conservación lo permita. Pero además, la trayectoria del Bogart desmantela el mito de que la conservación del patrimonio es incompatible con el cambio. La realidad es exactamente la opuesta: los edificios que mejor retienen su valor histórico son los que se mantienen en uso, no aquellos que se aíslan en una burbuja ni los que se congelan en el tiempo mientras los admiramos desde lejos.

De hecho, cuando el Bogart cerró en la década de los 2000 por reformas que nunca se realizaron, cayó en ese agujero negro tan familiar en las grandes ciudades: subastas judiciales, abandono y deterioro progresivo, como documenta la bitácora Arte de Madrid. En 2006, fue okupado por activistas a favor de la vivienda y utilizado durante semanas como refugio, mientras se mantenía la protesta. Sin embargo, a pesar de todos los vaivenes, nuestro edificio fue salvado mediante su reconversión en el nuevo Teatro Magno para espectáculos, eventos y cabaret, como lo presenta hoy.

Estación ferroviaria de Príncipe Pío (Fundación COAM)

Comprendo que la solución no haya satisfecho a todos sus defensores. Ha perdido la función de cine, es verdad, pero su patrimonio sigue vivo. Durante este proceso, no ha sido despojado de su patrimonio; más bien, este se ha conservado y reinterpretado. La arquitectura regionalista que fusiona lo neoclásico, lo neomudéjar, lo neogótico y lo modernista continúa estando presente, tras el Congreso de los Diputados.

Transformar con sentido

El Cine Bogart es un claro ejemplo de una tendencia vigente en Madrid. Por mencionar algunos edificios emblemáticos, la antigua sede de Caja Madrid frente al Real Monasterio de las Descalzas se ha transformado en el impresionante hotel The Madrid Edition. El edificio de estilo palaciego de la antigua Compañía Asturiana de Minas albergará -al finalizar las actuales obras- la fundación cultural de la Mutua Madrileña. Oficinas como las del complejo Luca de Tena, junto al parque de la Quinta de los Molinos, han sido transformadas en viviendas. Es cierto que la antigua estación ferroviaria de Príncipe Pío ha perdido algo de su encanto al convertirse en centro comercial y, por otro lado, en un centro de congresos, teatro y conciertos. Sin embargo, sus cerchas, columnas metálicas con remaches y barandillas de forja negras todavía se encuentran ahí, así como la nave de la antigua Sociedad de Gasificación Industrial del Cerro de la Plata, diseñada por Luis Landecho y convertida recientemente en el edificio de oficinas Ombú.

En el debate sobre el Madrid que estamos construyendo, no es necesario darle muchas vueltas para concluir que reinventar puede ser más eficiente que expandir desde cero. Por eso es crucial crear una ciudad flexible ante los usos, los cambios y, sobre todo, las necesidades de las personas. El temor al conflicto puede dar lugar a edificios monofuncionales, frágiles y dependientes de ciclos económicos muy específicos. En cambio, recuperar la cultura de la transformación es también recuperar una forma más inteligente de hacer ciudad.

Hotel Madrid Edition

Transformar no es un acto improvisado. Requiere conocimientos técnicos, capacidad para comprender la estructura, cumplir con todas las garantías actuales y, al mismo tiempo, preservar aquello que dota de carácter a cada inmueble. Es un trabajo complejo, pero perfectamente asumible, donde los únicos límites deberían ser la técnica, el respeto al patrimonio y la convivencia.

La trayectoria del Cine Bogart también narra la historia de Madrid como una ciudad en constante ajuste que intenta crecer de la manera más sostenible posible. Arte, arquitectura y memoria se entrelazan en un edificio que nunca fue perfecto, pero sí útil. Un espacio que ha cambiado de manos, de públicos y de significados, y que demuestra que la identidad urbana no se pierde con el cambio, sino con el abandono.

Madrid no necesita iconos aislados ni intervenciones extremas. Necesita proyectos capaces de interpretar lo existente y proyectarlo hacia el futuro. Demoler puede parecer una solución rápida, pero transformar requiere más inteligencia, técnica y compromiso tanto del sector público como del privado. Los edificios con múltiples vidas son una guía para los constructores de la ciudad y no una excepción romántica.

Para una ciudad, demoler un edificio casi siempre representa un fracaso. Pasar de lo construido a un terreno vacío, hacer tabula rasa y comenzar de nuevo es lo mismo que deshacerse de fragmentos de memoria. Además, hay una realidad que pocos arquitectos admitirán abiertamente: construir es una actividad necesaria, pero costosa; extremadamente costosa en términos de horas de trabajo, materiales y energía. Por ello, aprovechar lo que ya existe es un indicativo de inteligencia que trasciende lo económico.

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