La RAE revela sus desafíos tras «el episodio más crítico de su historia» | Cultura


La Real Academia Española (RAE), institución con más de tres siglos de existencia dedicada a “limpiar, fijar y dar esplendor” al idioma, se encuentra en uno de los períodos más turbulentos de su historia reciente. Lo que inició como un desacuerdo latente sobre la orientación de la política lingüística ha evolucionado hacia una crisis abierta, caracterizada por recriminaciones públicas, tensiones internas y un profundo debate sobre quién debe dirigir el futuro de la lengua hablada por más de 600 millones de personas. Esto se suma a las acusaciones entre la institución y el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que tuvieron lugar a finales del año pasado, generando controversia respecto a la sede que acogerá el próximo Congreso de la Lengua en 2028.

El desencadenante de este último conflicto fue una tribuna de Arturo Pérez-Reverte (académico desde 2003 y uno de los autores más leídos en España) publicada en El Mundo el lunes 12, en la que lanzó una crítica contundente contra la RAE y su actual director, Santiago Muñoz Machado (quien ocupa el cargo desde 2018). El escritor acusó a la institución de sucumbir ante las presiones mediáticas y políticas, de aplicar una normativa “laxa y ambigua” y de haber desestabilizado el equilibrio histórico entre filólogos y creadores literarios.

En su artículo, Pérez-Reverte atacaba lo que denomina los “talibanes del todo vale” y denunciaba que la Academia se limita a registrar usos propiciados por las redes sociales o la corrección política, en lugar de defenderla con rigor y normativas claras. Citó como ejemplos la falta de firmeza en temas como el lenguaje inclusivo, las reglas de acentuación de solo o guion, y el uso de mayúsculas. “Hoy todo vale”, escribió, “y cualquier audaz ignorante puede imponerse, si persiste, a Cervantes, Galdós o García Márquez”.

La publicación tuvo un impacto significativo dentro de la institución. Varios académicos consultados expresaron opiniones que podrían resumirse en una frase de uno de ellos: “Es el ataque más grave que recordamos”. Indicaron que esto es así no solo por el contenido —debido a su naturaleza opinable—, sino por la forma: una crítica pública, sin previo aviso, fuera de los canales formales. El malestar aumentó por el contexto: la tribuna se publicó justo un día antes de la entrega de los premios Zenda, organizados por el propio Pérez-Reverte. Muchos académicos habían confirmado su presencia en el evento y se encontraron inesperadamente en medio del conflicto. Muñoz Machado no asistió.

La respuesta de la RAE fue moderada, pero firme. La institución enfatizó que se trataba de “una opinión personal y respetable”, y anunció que examinaría “con rigor” las críticas en los departamentos pertinentes, invitando al escritor a defender sus argumentos en el pleno. Por su parte, Pérez-Reverte dio por cerrado el debate: durante el cóctel posterior a la entrega de los Premios Zenda, comentó a EL PAÍS sobre el revuelo generado, pero prefirió no ahondar en sus quejas: “Todo lo que quería decir, lo he expresado en el artículo”.

Este jueves tuvo lugar el pleno habitual. Evidentemente, llegó precedido de la controversia acumulada en días recientes. Varios académicos consultados por este medio afirmaban no recordar un pleno que hubiera estado cargado de tanta tensión. Arturo Pérez-Reverte fue presente en la reunión, donde expresó, de forma concisa, las mismas quejas que en su artículo. El desarrollo del pleno fue sosegado, pero varios intervinientes, según ha podido conocer EL PAÍS, manifestaron su “rechazo” a la forma en que un académico se expresó como lo hizo Pérez-Reverte en un medio. Algunos señalaron su “desconocimiento” del trabajo cotidiano de la Academia, y varios valoraron muy positivamente la labor del actual director. El tiempo limitó la sesión y no todos pudieron participar, por lo que el debate se reanudará la próxima semana.

A la defensiva

No todos, pero dentro de la RAE son muchos los que, tras la difusión del artículo, sustentaban una visión distinta a la del novelista. Varios académicos (que prefieren mantener el anonimato) desestiman de plano la noción de una Academia superficial o dominada por filólogos dogmáticos. Y recuerdan que la institución opera bajo un “régimen confederal”, en coordinación con las Academias americanas (incluidas Filipinas y Guinea Ecuatorial), y que ninguna palabra se aprueba sin un análisis previo: primero se evalúa en comisiones formadas por seis o siete académicos, luego se consulta a nivel panhispánico y solo en caso de desacuerdo se discute en un pleno delegado. “No existe ningún sesgo”, insisten varios académicos. La RAE —recalcan— está estructurada desde hace décadas en tres tercios no oficiales: creadores literarios, filólogos y un grupo heterogéneo que abarca juristas, médicos o científicos. “Nada ha cambiado”, afirman. La RAE cuenta con 46 académicos de número, elegidos por mayoría absoluta de los votantes del pleno. La última persona en ser electa fue Cristina Sánchez López (elegida en marzo pasado), y el último miembro en ingresar tras pronunciar su discurso, Javier Cercas. Aunque algunos lo ven como un síntoma de bloqueo en la institución, lo cierto es que en mayo pasado Luis Alberto de Cuenca y Luis Fernández-Galiano disputaron la silla o, pero ninguno de los candidatos logró los votos requeridos, dejando la plaza vacante (también está libre la silla L).

Algunas voces internas han sido más severas con Pérez-Reverte en los últimos días. Un miembro de la Academia lo acusó de ser provocador en su artículo y de presentar una visión “desactualizada” de la Academia y del cambio lingüístico. “No hay una guerra entre escritores y filólogos”, recalcan otros. “Lo que hay son preferencias y aversiones personales”. Cabe señalar que tendríamos que remontarnos a 1968, cuando fue elegido Dámaso Alonso, para encontrar a un director de la RAE que fuera un escritor. Los posteriores directores de la institución (Fernando Lázaro Carreter, 1991; Víctor García de la Concha, 1998; José Manuel Blecua, 2010; Darío Villanueva, 2014) han sido filólogos. Muñoz Machado, quien asumió la dirección en 2018 y contribuyó a una crucial financiación tras una reducción de fondos estatales que afectó gravemente a la institución (especialmente durante el Gobierno de Mariano Rajoy), es jurista.

El frente Cervantes

Las turbulencias que atraviesa la RAE no se limitan al enfrentamiento con Pérez-Reverte. Desde hace meses, la institución ha mantenido un pulso abierto con el Instituto Cervantes, dirigido por el catedrático y poeta Luis García Montero. En octubre de 2025, García Montero criticó públicamente que la Academia esté encabezada por un catedrático de Derecho Administrativo y no por un filólogo, sugiriendo así una deriva tecnocrática y una desconexión con la esencia lingüística de la institución. La respuesta de la RAE fue inmediata: el pleno aprobó una declaración de “absoluta repulsa” hacia las declaraciones del poeta. Muchos interpretaron sus palabras como un ataque político —García Montero fue candidato de Izquierda Unida en Madrid en 2018— más que como una crítica técnica. Precisamente, Pérez-Reverte fue uno de ellos.

Más allá de lo personal, el conflicto se trasladó al ámbito internacional durante el X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), celebrado en Arequipa del 14 al 17 de octubre, donde las tensiones entre ambas instituciones se manifestaron. Desde entonces, el Cervantes ha recriminado a la RAE la elección “unidireccional” de Panamá como sede (en 2028) del próximo congreso. El Instituto presenta un documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS, firmado por anteriores responsables de la RAE (el director era entonces José Manuel Blecua) que regula un procedimiento conjunto para la elección de sedes del CILE. La Academia replica: “Lo primero es que un país proponga oficialmente acoger el CILE. Y hasta ahora, la única propuesta formal es la de Panamá”. No obstante, García Montero ha moderado su postura y ha afirmado que no ha roto “ningún puente” con la RAE.

En medio de la tormenta, Muñoz Machado ha recibido el apoyo de academias en el otro lado del Atlántico y de instituciones como la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que ha calificado las críticas externas como “injustificadas y fuera de lugar”. Varios académicos desmienten cualquier tipo de injerencia gubernamental, algo que también se ha insinuado en los meses recientes: “Sabemos que el Gobierno no ataca a la Academia; al contrario, siempre hemos sentido su respaldo”.

“Aunque no lo parezca, aquí habitualmente predomina la paz”, comentan varios miembros. Sin embargo, las heridas son palpables. “Hay mucha gente que se siente dolida”, admiten otros, lamentando el daño a la reputación y la sensación de fractura en una institución que suele dirimir sus conflictos de puertas adentro. Todo esto ocurre, además, en un momento crucial: en diciembre se elegirá al próximo director de la RAE. El propio Muñoz Machado podría postularse, pero para lograr una segunda reelección se requieren dos tercios de los votos, un objetivo complicado de alcanzar. La institución que aspira a regular el idioma se enfrenta hoy a una tarea más urgente y delicada: reconstruir su propia narrativa y decidir qué equilibrio pretende mantener entre tradición, uso y autoridad en este siglo XXI. Hasta el momento, ningún candidato se ha presentado oficialmente para dirigir la Academia en la próxima etapa.



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