El vecindario ha perdido la noción de quiénes son verdaderamente sus miembros.


Viernes, 23 de enero. Llueve en Madrid y Malasaña está en plena efervescencia. Estoy escuchando lo último de Nacho Vegas, una canción titulada ‘Tiempo de lobos’. Por la calle de Fuencarral pasan aceleradas dos furgonetas Mercedes negras, con cristales tintados, rumbo a la misma dirección y al mismo piso para el fin de semana. Un muñeco gigante disfrazado de Satisfayer reparte descuentos. Muchas bolsas de plástico. Maletas ‘trollies’. Todos llevan prisa. No solo por la lluvia. A las puertas del antiguo mercado moderno de Fuencarral, los olores se entremezclan como en la planta de perfumes de El Corte Inglés. Las tiendas ya no solo venden ropa; venden experiencias. Orense tiene el mismo aroma. Y París. Paso por la esquina de la calle de Colón. Aquí estaba el Moreno. Ahora venden zapatillas. Al lado, también. El Labo, que miraba a la calle de Valverde con una pizca de vértigo. Ardosa sigue ahí, pero está repleta de personas que fotografían su tortilla antes de probarla. Apenas se ven niños por el barrio. Menos ancianos. La gentrificación de Malasaña fue hace quince años. Hoy es otra cosa. Peor.

Por la calle de San Joaquín llego a Tipos Infames, una librería que ha sido refugio durante esos quince años. Ahora cierra porque no le resulta rentable. No se trata solo del alquiler, aunque también. El propietario del local es un fondo de inversión barcelonés. El otro local pertenece a una pareja con varias propiedades. Inversores. Madrid crece. Pero el costo de vida se eleva. La vida, la leche, los huevos, el pan. Otro Glovo. Otro ‘post’.

Tipos Infames no era solo una librería. Era una declaración de principios en un barrio que ya no tiene claro cuáles son los suyos. Alfonso, uno de los propietarios, es del barrio de toda la vida. Gonzalo se adentró en él de pleno. Madrid permitía que las historias se entrelazaran. Ahora prefiere que no se crucen del todo. Cerrar una librería no es solo un asunto comercial; es un síntoma. Es la fiebre que revela la enfermedad. Madrid se moderniza a golpe de talonario y está perdiendo, en el camino, esas pequeñas instituciones que no salían en las guías, pero que sostenían la vida cultural como una viga vieja sostiene una casa. El próximo 14 de febrero será el último día que abran. Alfonso me dice que no cierran porque venden menos. Al contrario. Venden cada vez más. Pero la vida es cada vez más cara y donde antes había margen, ahora no. Gonzalo agradece que el precio del libro se mantenga, que sea el mismo. Pero ya no compensa abrir cada día la verja de un espacio como este cuando el barrio se torna tan distinto. Más comercial. Menos humano.

 

«Creo que, en ese sentido –me dice Alfonso– nuestro tejido social ya se ha ido desvaneciendo. Arriba vivía Leonor, una vecina con la que siempre tuvimos una relación fantástica. Cuando Leonor falleció, sus hijos vendieron el piso a un ciudadano ruso que lo dividió en tres apartamentos de alquiler». No tienen cuentas pendientes, ni reproches administrativos ni quejas hacia el ayuntamiento o las políticas culturales. Simplemente, «no podemos asumir los gastos actuales» y, en ese sentido, Gonzalo comenta que «la rotación de los comercios es vertiginosa». Les sugiero, tras el apoyo recibido en redes sociales (como del propio cocinero José Andrés), que intenten realizar alguna acción para recaudar fondos entre clientes o editores. Alfonso me dice que eso le parece una especie de estafa. No ve sentido en poner parches si en un año la situación será peor. No entiende por qué si alguien te ayuda no espera un retorno. No es su estilo. Son honestos.

Nadie se convierte en librero para hacerse rico, para enriquecerse o mantener un estilo de vida ajeno al sentido común. Se trata únicamente de un negocio que enriquece una calle, un barrio, una comunidad. Sin embargo, vivimos tiempos en los que cualquier noticia se convierte en una excusa para etiquetar o insultar, para continuar por el camino de la polarización y otros senderos indeseables. Incluso con este cierre se han formado dos bandos en redes sociales demostrando que el problema lo tienen, precisamente, quienes participan en la hoguera.

Las grandes cadenas editoriales, como Fnac o Casa del Libro, tampoco son la causa de esta mala noticia. Como bien dice Gonzalo, «cuando nosotros comenzamos, ya existían». Recuerda que han hecho todo lo posible, «estar en ferias, tener presencia en redes, hacer presentaciones, encuentros. Cada año, el coste de todo incrementa un x por ciento y esta aventura ya no es rentable. Punto».

 

Sin ayudas fiscales

Se me ocurre que las librerías, los espacios culturales y los comercios centenarios deberían contar con un sello otorgado por la Administración que los proteja de una manera especial. Quizá los propietarios de los locales podrían recibir, a cambio de no aumentar el alquiler, una compensación fiscal, una reducción en algún aspecto, una bonificación por no convertir el metro cuadrado en una bebida con gas. Tal vez todo sea un poco más sencillo, que simplemente despedir con tristeza la ilusión, el esfuerzo y el tiempo de personas como Gonzalo y Alfonso, quienes han dedicado años a construir un tejido cultural con un catálogo muy cuidado. Personas que no vinieron a enriquecerse ni a especular, sino, simplemente, a sobrevivir haciendo el entorno mejor. No se trata de ser liberal, comunista o simplemente insensato: se trata de hacer barrio, comunidad y, en definitiva, arraigo, que es lo único que realmente vale la pena.

 

Librerías, espacios culturales y comercios centenarios deberían tener un sello que los protegiera

El barrio de Malasaña, que solía ser canalla, literario y algo mugriento – como debe ser todo barrio respetable- se ha transformado en una postal. Ya no se vive en él: se consume dentro de él. Los vecinos han sido reemplazados por visitantes temporales y lo cotidiano se ha convertido en un recibo, y no en el «buenos días» con el que crecimos todos. Al final, los que perdemos somos el resto. Porque puede que Gonzalo y Alfonso abran otra librería en otro barrio, pero este Malasaña, que fue libre y auténtico, ahora depende de aquellos a quienes no les importa. Después del domingo se irán. Y el lunes seguirá siendo de todos aquellos que hoy pierden un emblema como esta librería. Alfonso me recuerda con tristeza que empieza a convertirse en algo habitual que «uno no pueda llevar a sus hijos, a su ahijado o a quien quiera a los lugares que lo han formado. Simplemente porque ya no sobreviven».

Es tiempo de lobos. Buena suerte a los dos, libreros.

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