Estados Unidos e Irán se enfrentan a una negociación dudosa en Islamabad, caracterizada por la desconfianza | Internacional


El hotel Serena, ubicado junto al Ministerio de Asuntos Exteriores en Islamabad y donde el Gobierno de Pakistán a menudo organiza reuniones con destacados líderes extranjeros, se ha convertido en una fortaleza inexpugnable desde este viernes. Este sábado, Estados Unidos e Irán se reúnen en medio de un ambiente de total desconfianza, cada uno con su equipo principal de negociadores, con la intención de encontrar una solución a una guerra que, en sus 40 días hasta el frágil alto el fuego del miércoles pasado, ha causado la muerte a aproximadamente 6.000 personas (más de 3.000 en Irán y al menos 1.500 en Líbano). Además, ha impactado a 14 naciones, especialmente en el golfo Pérsico, alterando la crucial ruta de exportación de hidrocarburos del estrecho de Ormuz y avivando el temor acerca del posible uso de armas nucleares por parte de Washington.

La expectativa en torno a la cita es baja, con muchas hipérboles. “El reinicio [de unas relaciones geopolíticas] más potente del mundo”, proclamó el presidente estadounidense, Donald Trump, en un breve mensaje en sus redes sociales, unas horas antes de la llegada a Islamabad de la delegación encabezada por el vicepresidente J. D. Vance, que incluye a los negociadores habituales de Washington: el enviado especial Trump, Steve Witkoff, y su yerno Jared Kushner.

Las declaraciones de los líderes de ambas delegaciones eran más cautelosas. A punto de comenzar su viaje, Vance moderaba el optimismo de su jefe. “Si los iraníes están dispuestos a negociar de buena fe, nosotros estaremos listos para ayudarles”, afirmó. “Pero si intentan jugar con nosotros, descubrirán que nuestro equipo negociador no será tan receptivo”, advirtió Vance. “Buscaremos mantener negociaciones positivas”. Más tarde, Trump lanzó uno de sus habituales giros, declarando: “¡Los iraníes no parecen entender que no tienen cartas, excepto la de extorsionar al mundo a corto plazo mediante el uso de aguas internacionales! ¡La única razón por la que están en pie ahora es para negociar!”.

En el lado iraní, el presidente del Majlis, el Parlamento, Mohamed Baqer Qalibaf, quien estará acompañado por el ministro de Exteriores, Abbas Araghchí, también redujo las expectativas: “Dos de las medidas mutuamente acordadas aún no se han implementado: un alto el fuego en Líbano y la liberación de los activos iraníes congelados antes de que comiencen las conversaciones”.

Hasta el último momento, no estaba claro si la reunión se llevaría a cabo. Vance estaba ya a punto de subir al avión cuando Teherán condicionó el diálogo a que un acuerdo de paz incluya a Líbano, lo que Estados Unidos y, en especial, su gran aliado Israel, rechazan. Sin embargo, anoche, los gobiernos de Líbano e Israel anunciaron el inicio de conversaciones para el próximo martes en Washington, aunque el Ejecutivo israelí volvió a descartar un alto el fuego con Hezbolá. El tiempo apremia: las partes se sentarán previsiblemente a la mesa con el mediador paquistaní con un horizonte inicial de dos semanas de tregua ―el plazo empezó a contar el miércoles―, un profundo recelo mutuo y posturas aún irreconciliables.

Además, la delicada naturaleza de la reunión y el estilo de negociación de la Administración Trump —poco inclinado a sutilezas y aficionado a proclamar primero y luego pensar en cómo lograrlo— hacen que exista incertidumbre sobre cómo se desarrollarán las conversaciones. Hasta el día previo a las negociaciones, no había información sobre la hora de inicio ni la duración.

Tampoco hay claridad sobre qué base se utilizarán para negociar. Irán ha afirmado que solo tratará su plan de 10 puntos, que demanda un control permanente del estrecho de Ormuz, la retirada de fuerzas militares estadounidenses de Oriente Próximo y el fin de la guerra en todos los frentes. Teherán quiere continuar enriqueciendo uranio —según ellos, con fines pacíficos—, que Washington firme un pacto de no agresión y que se traduzca en una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, además de recibir compensaciones por los daños causados por la guerra. También solicita el levantamiento de todas las sanciones impuestas al país.

Estados Unidos no solo ha rechazado este plan, sino que, como ha ocurrido durante toda la guerra, Trump ha variado sus declaraciones acerca de lo que demanda su país. En su mensaje el miércoles para anunciar el alto el fuego, describió el plan iraní como “viable” y un buen punto de partida. Horas después, su portavoz Karoline Leavitt rectificó y afirmó que Teherán había presentado un plan distinto al que se había hecho público, mucho más moderado.

La Casa Blanca exige a Teherán que renuncie al enriquecimiento de uranio y entregue sus reservas de más de 400 kilogramos de uranio enriquecido a niveles cercanos a los necesarios para fabricar armas nucleares. Estas son, en principio, líneas rojas para la República Islámica, sobre todo la primera, ya que Irán considera ese enriquecimiento como “un derecho soberano”.

Sin embargo, uno de los mayores obstáculos para un acuerdo duradero es actualmente Líbano, como destacó Qalibaf en su mensaje en redes sociales. Irán está a favor de un alto el fuego regional que también incluya a Líbano y a la milicia Hezbolá, y ha amenazado con romper la tregua si los bombardeos israelíes continúan, como el que, solo el miércoles, causó más de 300 muertes. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, coincide con Teherán en que la pausa de los combates debería abarcar también a este país fronterizo con Israel.

Estados Unidos, que inicialmente pareció aceptar que el pequeño país árabe estuviera incluido en el acuerdo de alto el fuego, luego dio otro giro, alineándose con Israel y declarando que no. Que Líbano nunca formó parte de la negociación. Sin embargo, cuando las tensiones amenazaron con desbaratar ese “reinicio” histórico del que Trump quiere presumir, el presidente estadounidense presionó al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para frenarlo durante una llamada telefónica el miércoles, según reconoció el propio inquilino de la Casa Blanca.

Otro gran obstáculo en las negociaciones es la apertura del estratégico estrecho de Ormuz, esencial para el tránsito de gas, petróleo y otras materias primas cruciale para la economía global. Irán bloqueó el paso debido a la guerra y lo mantiene casi completamente cerrado, a pesar de que Trump condicionó el alto el fuego a que Teherán permitiera el paso a los buques mercantes.

En mensajes en redes sociales el jueves, el presidente estadounidense realizó advertencias: “Irán está haciendo un trabajo muy malo, deshonroso dirían algunos, permitiendo que el petróleo cruce el estrecho de Ormuz. ¡Ese no es el acuerdo que tenemos!”.

También advirtió contra la imposición de peajes en un estrecho de aguas internacionales que, hasta antes de la guerra, respetaba la libre navegación. Ahora, Irán busca conseguir que se reconozca, si no de iure, al menos de facto, su control sobre Ormuz junto con el otro país ribereño de esas aguas, Omán.

El aval del líder

Tanto la delegación estadounidense como la iraní presentan novedades importantes en comparación con rondas negociadoras pasadas. Desde el lado iraní, la principal novedad es que la delegación estará encabezada por el presidente del Parlamento Mohamed Baqer Qalibaf, cuya presencia asegura la interlocución con el influyente aparato militar y de seguridad iraní, cuyo respaldo será crucial para lograr un posible acuerdo. Aunque no se ha confirmado la participación de un representante de la Guardia Revolucionaria en la delegación, Qalibaf es un excomandante de este poderoso ejército paralelo y tiene vínculos sólidos con él.

Este político iraní es un conservador, aspirante habitual a la presidencia del país —los halcones más radicales del régimen lo apodan El Padrino por su implicación en varios casos de corrupción—, pero también un pragmático, dispuesto a negociar con Occidente. Además, es uno de los pocos altos funcionarios iraníes con esas características que aún no ha sido asesinado por Israel.

Llega a Islamabad con el respaldo del líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, según afirmó el vicepresidente de la Comisión de Seguridad Nacional y Política Exterior del Parlamento, Mahmoud Nabavian, informa Ali Falahi. Nabavian añadió un dato relevante: el líder supremo, en paradero desconocido desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, sigue comprometido con la fetua (decreto religioso) que prohíbe las armas nucleares de su difunto padre, Ali Jameneí.

La novedad del lado estadounidense es la inclusión del vicepresidente Vance, lo que se atribuye a la desconfianza de Teherán hacia Witkoff y Kushner, ambos de fe judía y considerados por Irán como meros títeres de su rival regional, Israel. Witkoff y Kushner lideraron las negociaciones sobre un acuerdo nuclear con Teherán en febrero, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron su ataque contra Irán en pleno diálogo. Vance, además, forma parte del ala del movimiento republicano MAGA (Make America Great Again, Hagamos Estados Unidos Grande de Nuevo), que ha mostrado recelo hacia la guerra. Ese conflicto podría arruinar su potencial candidatura a la nominación presidencial republicana.

Es posible que ambas delegaciones ni siquiera lleguen a estar en la misma sala del hotel Serena. En rondas anteriores y frustradas, los representantes iraníes han insistido en que las negociaciones con su adversario estadounidense sean “indirectas”; que ni siquiera se reúnan en la misma mesa. Se espera que en esta ocasión, iraníes y estadounidenses se sienten en habitaciones separadas, mientras altos funcionarios del país mediador ―bajo la dirección del viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores paquistaní, Ishaq Dar― corran de un salón a otro para transmitir los mensajes de ambas partes.

La desconfianza es “total” y ni siquiera se supo hasta más tarde cuándo llegarían los negociadores de Teherán. El viernes por la tarde, y tras noticias contradictorias, los medios iraníes confirmaron que la delegación acababa de aterrizar en Islamabad.

Mientras tanto, Pakistán ha decretado rápidamente dos días de festivos, desplegado efectivos militares en la zona roja de su capital y establecido un perímetro de tres kilómetros alrededor del hotel Serena, de donde se ha evacuado a sus huéspedes. El recelo es tan profundo que una fuente cercana a las negociaciones confirmó a Reuters que aviones de combate paquistaníes escoltarían el avión de los iraníes para garantizar su seguridad.

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