ha visto una disminución del 50% en su audiencia en los últimos quince años.
El 20 de junio de 1974, la artista Betty Misiego y el presentador de televisión Kiko Ledgard apadrinaron una llama en el zoológico de Madrid. El evento tuvo un impacto tan significativo que alcanzó todos los medios, quienes se sorprendieron al ver a dos de las figuras más destacadas del entretenimiento posando junto a un animal exótico que pocos españoles habían tenido la oportunidad de ver en persona. Según las crónicas, Misiego, como se observa en la imagen, no se acercó a menos de tres metros y se mantuvo siempre detrás de Ledgard.
Esta es una de las fotos más emblemáticas del Zoo de Madrid, que había inaugurado sus puertas dos años antes y marcó el inicio de su época dorada. A partir de ese momento, decenas de celebridades se prestaron para posar con los animales, conscientes de que el entretenimiento más popular, junto al Parque de Atracciones, se encontraba en la Casa de Campo. Durante sus primeros años, se fotografiaron en el Zoo Alaska, Fernando Romay, Félix Rodríguez de la Fuente, Julio Iglesias, los Reyes e incluso el naturalista británico Sir David Attenborough.
El zoológico fue diseñado como una evolución de la Casa de Fieras del Retiro, que se construyó en 1770 bajo el reinado de Carlos III, conocido como el «mejor alcalde de Madrid». En sus primeros años, el Zoo fue gestionado tanto por el Ayuntamiento de Madrid como por Cajamadrid, y durante su administración se construyeron el delfinario y la Casa de Reptiles, dos de las atracciones más queridas por los niños; pero sobre todo, llegó Chu-Lin.
Nacido en 1982, Chu-Lin fue un hito científico mundial al ser el primer panda gigante nacido en cautividad mediante inseminación artificial. En aquel momento, solo había once pandas gigantes fuera de China y tres de ellos, Chu-Lin y sus padres, estaban en Madrid. Familias, científicos y curiosos de toda Europa venían al Zoo solo para ver al pequeño. Incluso llegó a aparecer en el Libro Guinness de los Récords como el animal más caro del mundo, con un valor que superaba el millón de libras esterlinas.
Sin embargo, Chu-Lin nunca fue un animal saludable. Su gemelo murió al nacer y él sufrió, desde sus primeros días, de lo que los veterinarios de la época describieron como «debilidad extrema». Chu-Lin era una estrella mundial en las fotos, un ejemplar redondeado, pero pocos de los visitantes del Zoo lo veían caminar. «Es el panda, un osito que no anda«, cantaban Enrique y Ana desde el recinto del animal. Murió en 1996, dos décadas antes de alcanzar su esperanza de vida, después de haber pasado buena parte de su existencia en la consulta veterinaria (e incluso en la Clínica Ruber, para lo cual el Ayuntamiento de Madrid tuvo que obtener un permiso oficial del ministerio de Sanidad).
La muerte de Chu-Lin fue un duro golpe para el Zoo, cuyos cuidados fueron cuestionados a nivel político, y dejó al centro sin su principal atractivo, los pandas gigantes. El Ayuntamiento lanzó un concurso para la gestión del parque en 1998, que fue adjudicado a Parques Reunidos, los actuales gestores del espacio, así como del Parque de Atracciones, Faunia y varios parques temáticos en toda Europa.
Sin embargo, el Zoo, sin pandas gigantes, perdió su atractivo. En 2003 registró solo 650.000 visitas, una cifra histórica mínima si se exceptúan los datos relacionados con el covid, y los gestores comenzaron a trabajar para recuperar su esplendor con dos novedades que funcionaron a la perfección: un acuario con vistas panorámicas, que todavía está en funcionamiento y, por supuesto, una nueva pareja de pandas gigantes, Bing Xing y Hua Zui Ba.
Las transformaciones llevaron al Zoo a su mejor año, 2008, con casi 1,4 millones de visitas, pero la crisis económica lo arrastró todo. Las excursiones escolares se desplomaron, el gasto en ocio de las familias disminuyó… y el Zoo entró en un periodo de decadencia del que aún no ha logrado recuperarse. «Hay que tener en cuenta que, durante muchos años, el Zoo fue una de las principales opciones de ocio para ir con los niños», afirma Maria José Luis Cerezo, directora de comunicación del Zoo, «y para esa época ya estaba desarrollado el ocio en casa, los centros comerciales… hoy Madrid es una ciudad con cientos de alternativas, no estamos en el mismo escenario».
«Nosotros mismos comenzamos con el Zoo y ahora tenemos Faunia y Atlantis, que son instalaciones similares y que, sumando el público de las tres, resultan en cifras muy cercanas a los buenos años del Zoo», continúa Cerezo.
En esos años también se produjo un aumento del movimiento animalista que se tradujo en medidas como la prohibición de las corridas de toros y el veto a los animales salvajes en circos en algunas comunidades. Los zoológicos, gracias a una rápida adaptación, lograron resistir el embate, aunque nunca volverían a ser percibidos de la misma manera por una parte de la sociedad. «Los zoológicos son cárceles para animales y la gente poco a poco ha ido tomando conciencia», explica Neus Aragonés, miembro de Adda, la primera asociación en denunciar los zoológicos en España. «Llevamos más de cincuenta años denunciando esta situación. No puedes ver a un gran primate detrás de una jaula acristalada y pensar que eso es normal«, continúa la activista.
«No puedes ver a un gran primate detrás de una jaula acristalada y pensar que eso es normal»
«Lo siento mucho, porque a todos nos gusta ver en persona a animales que normalmente no veríamos, pero la forma correcta es ir a África o ver un documental. No puedes sacar a un animal de su hábitat y encerrarlo para que lo veas. Es muy cruel, esos animales sufren mucho y tienen comportamientos que no tienen nada que ver con los que muestran en la naturaleza. Por supuesto, gracias a la presión que ejercemos, las condiciones han mejorado, ya que todos hemos visto a tigres sobre plataformas de hormigón y todo tipo de atrocidades. Pero el problema es que están alienados; ese no es su lugar«, prosigue Aragonés.
Para la defensora de los derechos de los animales, la disminución de la afluencia a los zoológicos está relacionada con esta concienciación, que perciben en su día a día. «Por supuesto, a muchas personas les impide su sensibilidad ir a un zoológico. Hasta hace poco veíamos lógico que un circo girara por todo el país con leones en jaulas donde apenas podían moverse y hoy a la mayoría nos parece una barbaridad. La concienciación es un proceso largo que va calando en la sociedad, primero en unos y luego en otros», explican desde Adda.
Desde el Zoo, evidentemente, no comparten esta perspectiva. «A veces tendemos a humanizar a los animales y olvidamos que espacios como el Zoo no solo cumplen con todos los parámetros de seguridad animal, sino que también ayudan a preservar especies en peligro de extinción y son una herramienta muy importante para los científicos, con los que tenemos múltiples convenios. De hecho, diría que hoy los zoológicos son más necesarios que nunca».
El Zoo de Madrid se enfrenta a 2026 con su segunda cifra más baja de visitantes, mientras otros espacios como Faunia, más enfocado en la recreación de ecosistemas y especies más pequeñas, le están ganando terreno. «No es solo el Zoo de Madrid. El de Barcelona, que es el que mejor conozco, está en la misma línea de decadencia, al igual que la mayoría de los zoológicos de Europa. Es un modelo que está desapareciendo poco a poco», concluye Aragonés.



