Hay un mal olor en la ciudad y no se debe únicamente a los perales en flor.
La primavera llega este año tal como solía hacerlo. Tras un invierno gélido y lluvioso, aparece un sol que comienza a calentar. El clima actúa como un despertador de la vida. La naturaleza, llena de vanidad, vuelve a mostrar su esplendor y nuestra mente también sugiere un nuevo comienzo. De repente, aflora un buen ánimo interior que casi logra borrar las preocupaciones de hace unos días.
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Incluso la ciudad nos parece diferente. Quizá emocionados porque, al menos esta vez, el cambio de estación haya llegado a su debido tiempo, la contemplamos como antes: como un hogar donde podemos reunirnos y hacer cosas juntos. Por un momento, nos atrevemos a pensar que el futuro brilla con intensidad.
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Esto se mantiene hasta que uno de nuestros sentidos, tal vez el más inesperado, nos recuerda que vivimos en un momento y un lugar que se han vuelto demasiado extraños. Paseando por las calles de esta ciudad que no es Miami pero anhela serlo, mientras conversamos sobre cualquier tema, el olfato nos frena y nos miramos con una expresión de sorpresa. ¿Huele a lejía? ¿Huele a pescado? ¿Huele a semen?
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<em>Pyrus calleryana</em> es un árbol caducifolio originario de Asia que, desde principios de los 2000, ha poblado miles de alcorques en Madrid por ser vistoso y tener la capacidad de adaptarse a espacios difíciles y reducidos. Es la flor, también conocida como peral ornamental, la que nos saca de la ensoñación primaveral no por su bello aspecto, blanco y con cinco pétalos, sino por su inconfundible olor.
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El peral ornamental es un árbol de bajo valor ecológico. Considerado como especie invasora y rechazado en muchos lugares por ello, no aporta mucho a la biodiversidad, requiere abundante agua y altera los suelos, afectando el desarrollo de especies autóctonas más beneficiosas. Pero el pobre <em>Pyrus calleryana</em> no es nuestro mayor problema.
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Hay algo que lleva tiempo olfateando mal en las ciudades, en Madrid y en muchas otras. No es la flor del peral o el repugnante excremento de una paloma, es la forma en que se gestionan como si fueran empresas compitiendo en el absurdo mercado de las ciudades globales. Es su transformación en productos que se venden al mejor postor. Es la obsesión por atraer lo que se denomina visitantes e inversores, por no decir clientes y accionistas. Es la ruptura de los lazos sociales y comunitarios, la imposibilidad de encontrar tiempo para algo que no sea trabajar y desplazarse al trabajo para solventar el costo de la vivienda, la soledad, la ira y la frustración. Es sentir que ya no perteneces a la ciudad porque ha dejado de ser tal, porque la comunidad que solía ser se está desvaneciendo.
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¿Pesimismo? ¿Optimismo? Esperanza.
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<p class="know-more__title">Más reflexiones de Pedro Bravo en Stories Matritenses</p>
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Hay una lección que el peral ornamental y la naturaleza en general pueden enseñarnos. Es posible renacer. Se puede volver a sentir la vitalidad de la vida. Detrás del gris del presente hay color. Seguro que existen maneras de recuperar la ciudad. Es momento de encontrarlas y recorrerlas.
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