Juventud y el futuro del movimiento vecinal: «El desafío es mantener el entusiasmo»


Consultar un par de archivos revela el fenómeno: Carabanchel, mayo de 1978: las imágenes muestran a cientos de vecinos reunidos para solicitar la construcción del Parque de las Cruces y la Casa de la Cultura. En otra, fechada el 29 de abril de 1977, en Vallecas, se observa a otros tantos vecinos demandando mejoras urbanísticas y viviendas dignas. Estos son solo algunos ejemplos en estos barrios y los alrededores.

A día de hoy, lo que llama la atención no es tanto la naturaleza de las demandas –vivienda, servicios públicos, infraestructura…– sino el seguimiento y, sobre todo, el protagonismo de la juventud del barrio. El movimiento vecinal madrileño, como señaló hace poco el presidente de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), Jorge Nacarino, en una entrevista para Europa Press, enfrenta un “envejecimiento preocupante”, especialmente en los distritos del sur.

Las razones incluyen el “desgaste, apatía y agotamiento” entre activistas y asociaciones debido a la “falta de avances en políticas de reequilibrio territorial”, según Nacarino. Además, existen factores como el envejecimiento demográfico, la incapacidad de compromiso ocasionada por los horarios laborales, el desarraigo territorial y las dificultades para integrar a la población de origen extranjero en las luchas vecinales. La falta de relevo generacional en el asociacionismo es evidente: no es fácil que los jóvenes lideren movilizaciones comunitarias, y aún menos que participen de manera relevante en las asambleas vecinales, donde generalmente predominan las personas mayores.

Elena, de 74 años, miembro de la AV Comillas (Carabanchel), opina que la principal razón radica en las condiciones de vida actuales: “Con trabajos, estudios y familia, se vuelve más complicado que los jóvenes participen activamente en el movimiento vecinal de sus barrios. Sus horarios son cada vez más dispares y, si ya tienen familia, conciliar la vida personal y profesional se hace más complejo”.

Sin embargo, existen excepciones que confirman la regla. Cristina, de 30 años, es la presidenta de la AV de Lucero (Latina), quien reconoce que la realidad de su asociación “es poco común en lo que respecta al movimiento vecinal”. En la AV Lucero, explica Cristina a Madridiario, “contamos con un grupo de jóvenes, con agenda propia, que nos apoya siempre que solicitamos colaboración para llevar las cosas adelante”, aunque “es cierto que en nuestras reuniones de la junta directiva mayormente participan personas mayores”.

“Muchas asociaciones se perciben como espacios envejecidos, poco receptivos a nuevas ideas.»

Un caso similar es el de la asociación vecinal Alto del Arenal (Puente de Vallecas). Bea, de 30 años, que había estado involucrada en movimientos estudiantiles durante su etapa universitaria, llegó a la asociación a través de amigos: “Tengo la convicción de que participar en lo que nos rodea es crucial”. “Hubo un momento en que existía una comisión de jóvenes (actualmente en la junta), pero, al igual que Cristina, es consciente de que la situación de su asociación “no es representativa”.

De hecho, este colectivo vecinal no es el más cercano a la residencia de Bea, quien optó por desplazarse un poco para buscar una donde hubiese más jóvenes. Este problema se agrava en un círculo vicioso: cuanta menos participación juvenil hay en el movimiento vecinal, más complicado resulta atraerla. En este contexto, Cristina añade que “muchas asociaciones son vistas como espacios envejecidos, poco abiertos a nuevas ideas o con dinámicas heredadas que son difíciles de cambiar”.

Las condiciones de vida: precariedad, vivienda y desarraigo

Tanto Bea como Cristina coinciden con Elena en que las condiciones de vida son determinantes en la desmovilización. Primero, la cuestión de la vivienda: “Los jóvenes podrían convertirse en relevo si logran permanecer en el barrio, algo que hoy por hoy parece complicado”, señala Cristina. “Miramos a nuestro alrededor y sabemos que nuestro entorno es completamente distinto, incluso aquí en nuestro distrito. Lucero siempre ha sido un barrio con gran actividad social y política, y creo que eso es un factor clave para mantener ese tejido social que requieren las asociaciones vecinales”.

“Los jóvenes podrían ser el relevo si se les permite quedarse en el barrio.»

La precariedad, los constantes cambios de domicilio –hoy en día, muchos jóvenes ni siquiera aspiran a adquirir una vivienda en propiedad– también contribuyen al desarraigo territorial. “Resulta que uno es de Alcorcón, pero ahora vive en Villaverde, donde ha podido conseguir un alquiler, trabaja en Latina y socializa en el centro porque quedó con amigos de la universidad”, relata Bea como ejemplo representativo. “La cercanía siempre facilita; y estamos muy dispersos. Muy poca gente queda con amigos en su lugar de residencia y vive cerca de su lugar de trabajo”.

Otras formas de participación: redes sociales y causas concretas

A todo esto, o tal vez como consecuencia de ello, se suma el hecho de que la juventud tiende a movilizarse por causas concretas y con impacto visible, en lugar de integrarse en organizaciones permanentes. “Cuando los proyectos son inspiradores, creativos y ofrecen resultados tangibles, los jóvenes se movilizan: tenemos ejemplos como el movimiento feminista, el acceso a la vivienda y el cambio climático…”, sostiene Cristina.

Indudablemente, el mercado del activismo se ha ampliado, lo que lleva a una fragmentación que también señala Bea: “Hay un gran número de personas que participan en el movimiento estudiantil, que hacen voluntariado en protectoras de animales o que se enfoca en el movimiento ecologista. Existen tantas opciones…”.

«La forma de participación presencial es fundamental”.

Pero no solo se ha reorganizado el activismo en función de causas específicas, sino que también ha cambiado la manera de abordar estas causas. Elena, la experimentada presidenta de la AV Comillas, comenta que los jóvenes “pueden sentirse más atraídos por efectos inmediatos, como puede ser en las redes sociales, donde el esfuerzo requerido es mínimo para expresar una opinión”. Sin embargo, a pesar de las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, sostiene que la participación presencial en el movimiento vecinal es crucial.

Fiestas Populares de Lucero 2025 (Jaime Morón / AV Lucero)

Los ritmos de vida que se imponen no facilitan el tiempo necesario para participar”.

Esto puede ser una situación inevitable, pero provoca una disminución del compromiso real con la causa. “Muchas personas están en el grupo de difusión o asisten a una actividad ocasionalmente, pero siempre desde formas de participación un poco más periféricas”, describe Bea. “Es más sencillo comprometerse a asistir a una movilización un sábado porque es algo puntual, que comprometerse a una actividad que requiera dedicación continua”.

El gran desafío: integrar a los vecinos de origen extranjero

La transformación demográfica también se presenta como una causa del fenómeno. No solo el envejecimiento de los barrios, sino el hecho de que el creciente número de residentes de origen extranjero –que representa un porcentaje considerable de jóvenes o adultos menores de 65 años– no se involucra en el asociacionismo vecinal. No es de extrañar que el presidente de la FRAVM, Jorge Nacarino, lo considere uno de los grandes retos del movimiento vecinal: “Queremos que también sean vecinos y que, como cualquier otro, se sumen a nuestras reivindicaciones y al trabajo comunitario realizado en las asociaciones”, declaró a Europa Press.

“Generan sus propias redes de apoyo y espacios culturales».

Tanto Cristina como Bea confirman que la AV Lucero y la AV Alto del Arenal colaboran de alguna manera con la población migrante, pero ninguna de las dos experimenta una participación activa de este grupo. Por un lado, esto se debe a que muchos de ellos prefieren agruparse con sus compatriotas: “Generan sus propias redes de apoyo y espacios culturales, por lo que no perciben el movimiento vecinal tradicional como su lugar natural”, explica Cristina.

Además, según Bea, hay ciertos perfiles que se preocupan más por lo que pueden solicitar, que por lo que pueden ofrecer. Esto se debe a que “las personas migrantes se enfrentan a realidades mucho más complejas que los nativos: horarios laborales muy exigentes y precarios que impiden su presencia en reuniones; miedo a la burocracia o a la exposición pública; barreras idiomáticas; y la percepción de que estos espacios están muy “cerrados”, dominados por personas con trayectoria y con dinámicas que no siempre resultan acogedoras para los recién llegados”, opina Cristina.

En cualquier caso, ambas coincidieron en que es una “tarea pendiente”. “Creo que estamos cometiendo errores. No es cuestión de sus culturas, es que no estamos logrando conectarnos con ellos”, reflexiona Bea.

Frente al desencanto, «mantener la llama viva»

La realidad demográfica y sociocultural de Madrid ha cambiado. Esta transformación ha impactado en múltiples dinámicas de la ciudad, incluida la relacionada con el activismo vecinal.

Las asociaciones son conscientes de que existe un sentimiento de desencanto que aleja a muchas personas de unirse al movimiento vecinal, pero insisten en la “necesidad de seguir luchando”. Bea asegura que “lo que se tiene que entender es que sí tiene sentido, o al menos debemos intentarlo. Aunque no te involucres en un proyecto altamente transgresor o revolucionario, incluso solo por generar redes de apoyo entre vecinos, crear implicación y conciencia es valioso y aporta mucho a nivel personal”.

“Los movimientos vecinales son proyectos a largo plazo y el hecho de no ver resultados inmediatos puede ser muy desmotivador a veces. Es esencial recordar que en muchas ocasiones el desafío es mantener la llama encendida”, concluye Cristina.

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