La inquietante realidad de muchos apartamentos: el lado oscuro del alquiler en las ciudades
Fue a través de Idealista. «Encontré un pequeño apartamento, adecuado para una persona, que no estaba exageradamente lejos del centro de Madrid. A poco más de media hora de mi trabajo», relata Álvaro, un joven inquilino de 26 años, en una conversación con Público. Tenía buena apariencia. Limpio, reformado, luminoso. Una rareza. Inmediatamente se interesó. «La inmobiliaria me comunicó que no permitían visitas hasta que el anterior inquilino se marchara, y que si no lo reservaba de inmediato, no podían asegurarse de que no lo reservara otra persona», agrega.
Sin conocer el lugar, confiando en las fotos del anuncio y en la aparente seriedad de la agencia, dejó el piso reservado. Con un mes de alquiler. 620 euros. «Prefería pagar y asegurarme el piso a competir con otros 20 candidatos una vez liberado», explica el inquilino. Por pura necesidad. Se le estaba acabando su anterior contrato y no tenía donde vivir.
Álvaro, inquilino: «Las imágenes que me mostraron no tenían nada que ver con lo que encontré»
El día de la firma del contrato llegó. «A última hora, me cancelaron la visita al piso que teníamos programada antes de la firma. Justificaron que lo estaban limpiando tras la salida del anterior inquilino y me prometieron que el lugar estaba en perfectas condiciones. Que encontraría un piso impecable», menciona el inquilino. Confió en ello. Poco más podía hacer. «Tenía que estar fuera de mi anterior vivienda en menos de una semana», describe. Firmó, pagó la fianza -dos mensualidades- y el equivalente al mes actual. 2.500 euros sin haber visto el apartamento que sería su nuevo hogar. Un salto al vacío.
«Y efectivamente, me decepcioné», admite el inquilino. Cucarachas, humedad, temperaturas insoportables. «Era literalmente un trastero. Abuhardillado, antiguo y sin ninguna adecuación para vivir», denuncia Álvaro. «Entré en julio y el calor era insoportable», añade. Sin aire acondicionado visible. Solo unas pequeñas ventanas por las que apenas circulaba el aire. «Llegué a medir más de 40 grados dentro del piso algunos días de calor extremo«, asegura, siendo fotógrafo de profesión. Los problemas no terminaban allí. «Se caía a pedazos. Es imposible que ese piso tuviera cédula de habitabilidad o cualquier certificado de eficiencia energética real», concluye el inquilino.
Aguantó tres meses. «Y todavía tuve que compensar al propietario por abandonar el piso antes de tiempo», indica con indignación. Se siente estafado. Víctima de un fraude. «Las imágenes que me mostraron y el apartamento que me describieron eran completamente diferentes a lo que hallé», expone el inquilino. «Conservo algunas fotos, pero no puedo demostrar que las obtuve de un anuncio de ese piso», se desahoga Álvaro. La inmobiliaria, por su parte, lo niega rotundamente. No puede hacer mucho más.
Menos por más
«La situación actual del mercado es que todos -fondos, bancos, propietarios grandes y pequeños- buscan aprovechar sus inmuebles en una dinámica de sálvese quien pueda que resulta muy lucrativa», analiza Alejandro López Parejo, arquitecto y urbanista de la Empresa Municipal de Suelo y Vivienda de Getafe. Y no se trata solo de dinero. «Ya no es solo que los precios estén disparados, sino que también se alquilan viviendas cada vez más precarias, de menor tamaño y en peores condiciones«, corroboran voces del Sindicato de Inquilinas de Madrid.
Alejandro López Parejo, urbanista: «La falta de alternativas asequibles obliga a quienes más lo necesitan a aceptar condiciones mínimas de confort.»
Trasteros sin cédula de habitabilidad, pisos cada vez más parcelados, habitaciones todo en uno, espacios casi sin ventilación o viviendas en un estado verdaderamente ruinoso. «Con mal aislamiento térmico, problemas de accesibilidad, sin una instalación de calefacción adecuada, con ventanas y puertas defectuosas, humedad, moho, filtraciones…», enumeran desde el sindicato en la capital. «Una serie de casas inaceptables.»
En el caso de Álvaro, fue a través de un anuncio engañoso. «Es bastante común que los anuncios no coincidan con la realidad de las propiedades que buscan alquilar, así como también que te pongan impedimentos para las visitas o que no te enseñen fotos en absoluto. Nos lo estamos encontrando cada vez más», explican desde el sindicato. No obstante, hay personas dispuestas a alquilar lo que claramente son infraviviendas, incluso cuando no hay ninguna trampa evidente. «La escasez de alternativas asequibles obliga a quienes más lo necesitan a desistir de condiciones mínimas de confort y habitabilidad«, advierte López. «La gente está desesperada por encontrar algo, lo que genera una demanda efectiva que termina alquilando estas propiedades completamente carentes de garantías», coincide Javier Gil, investigador del CSIC y del Grupo de Estudios Críticos Urbanos (GECU).
Una renuncia que impacta directamente en su calidad de vida, aumentando la brecha de desigualdad. Condenando a los grupos más vulnerables -jóvenes, migrantes, pensionistas o familias- a vivir en condiciones directamente indignas. Con total impunidad. «Se suman tres factores clave. Primero un parque de vivienda muy envejecido, construido en su mayoría entre los años 60 y 70. Segundo, que los propietarios, por lo general, se niegan a reinvertir nada de las ganancias que obtienen en la rehabilitación de las viviendas. Tercero, la falta de regulación efectiva sobre las condiciones mínimas de habitabilidad en un piso en alquiler«, explican desde el sindicato. ¿El resultado? Para el propietario, menor inversión. Un negocio redondo. Para el inquilino, un camino lleno de precariedad.
Alquilar con derechos
Con un objetivo claro: corregir la asimetría de poder entre propietarios e inquilinos. La Ley de Arrendamientos Urbanos, en su artículo 21, obliga al arrendador a realizar, sin aumentar el alquiler, todas las reparaciones necesarias para mantener la vivienda en condiciones de habitabilidad. Dos problemas. «Por un lado, la falta de controles y un régimen sancionador, lo que claramente deja al inquilino a su suerte», critica Gil. Por otro lado, la proliferación de modalidades de alquiler que escapan a esta normativa. Alquiler de habitaciones, alquiler temporal o vacacional. «Mientras mantengamos estos asuntos sin resolver, estamos proporcionando a los propietarios el subterfugio ideal para seguir vulnerando los derechos de sus inquilinos», concluyen desde el sindicato madrileño.
López sugiere tres líneas de actuación. «Lo primero es fomentar políticas de rehabilitación y regeneración de edificios y barrios para adaptarlos a condiciones de confort y eficiencia que respondan a las demandas actuales», describe el arquitecto. En otras palabras: rejuvenecer el parque de vivienda existente. «Un segundo paso sería impulsar desde las instituciones públicas la vivienda en alquiler asequible, contando también con los actores del sector inmobiliario que buscan beneficios limitados», añade. Como las Housing Associations, un modelo común en algunos países del norte de Europa. «Por último, la implicación de todas las administraciones, comenzando por quienes tienen competencias directas: las comunidades autónomas«, exhorta el urbanista. «Es una responsabilidad colectiva».



