La obra de teatro donde aparecerán numerosos alcaldes y presidentes de comunidades autónomas.



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Las luces se encienden y nos encontramos en el despacho del asesor o director de gabinete (o de comunicación) de una presidenta autonómica de un partido cualquiera, en un lugar indefinido. Entre las paredes imaginarias, se despliegan la corrupción, la manipulación informativa, la ‘guerra civil’ interna del partido y la habilidad de cambiar de discurso de un instante a otro si eso se traduce en votos. Nos hallamos en la obra ‘Los árboles no votan’, el más reciente estreno en el Teatro de Barrio, una sátira política en clave humorística que aborda el cambio climático como eje central del discurso político.

Durante más de una hora, la ironía presente en la narración elaborada por José Ignacio Tofé, su autor y director, logra que temas espinosos, que son el pan de cada día en las noticias, arranquen risas del público en una época en la que se requieren espacios y momentos para el disfrute, aunque ello implique convivir con una realidad que a menudo se vuelve surrealista. El protagonista del tema: el ineludible cambio climático. A modo de observadores invisibles, apreciamos su tratamiento en el despacho de una política sin escrúpulos que hará lo que sea necesario para sostenerse en el poder. No es necesario buscar demasiado para hallar ejemplos en el ámbito nacional e internacional. “No se refiere a nadie en particular; podría ser cualquiera de cualquier partido o ideología; no quería que recordara a alguien en específico, porque en todos hay personas dispuestas a hacer cualquier cosa para mantenerse en el cargo”, aclara Tofé, quien ya nos cautivó años atrás con su obra El tesorero, una comedia inspirada en un caso real: el de Luis Bárcenas.

En esta ocasión, presenta una historia en la que una presidenta en campaña (interpretada por Susana Hernández) solicita a su equipo de asesores (Elías González) alguna propuesta para conseguir la reelección. La idea es un proyecto milagroso: una planta de descarbonización capaz de capturar el CO2 de la atmósfera, convertirlo en piedras y así resolver el efecto invernadero que provoca el cambio climático global. “Es una técnica mencionada por Marta Peirano en su libro Contra el Futuro (de hecho, la planta se llama Orca y opera en Islandia, aunque capturar una tonelada de CO2 cuesta alrededor de 1.000 euros, mientras que los bonos de carbono se sitúan en unos 70 euros); lo leí y me pareció la típica idea que un empresario podría vender a un político como algo viable, aunque al final no sirva para nada; en definitiva, una ‘escopeta nacional del siglo XXI’. De ahí surgió la inspiración, pero otras veces basta ver las noticias para que surjan chistes sobre lo disparatada que es la realidad”, confiesa Tofé.

Sin embargo, eso es algo que sus protagonistas no hacen: reconocer un error (¿les resulta familiar?), porque para ellos es más rentable a nivel político darle la vuelta a la situación y transformarla en un éxito, aunque vaya en contra de toda lógica científica, algo que, lamentablemente, también está de moda y se refleja en esta hilarante parodia. “El encuentro entre el empresario (Pedro Cerezo) y la científica (Ana Janer) ilustra lo complicado que es mantener un debate serio cuando se prioriza un zasca a un oponente sobre un argumento, y eso lo estamos observando: la ciencia no se respeta, ya que lo que importa es el beneficio en un capitalismo desmesurado, y también se recurre a lo más básico y emocional, lo que más indigna a la gente para movilizarla; frente a eso, la complejidad de la realidad y lo racional pierden”, explica el autor.

En este vademécum de cómo operan actualmente muchos políticos, no faltan las alusiones a la naturaleza, en particular a los árboles, que, como señala el título, y se menciona en varias ocasiones durante la obra, no solo no votan, sino que “además no son útiles para una campaña electoral, porque tardan mucho en crecer y no son aprovechables en una fotografía”. Les parece mucho más “eficaz” a los protagonistas una alternativa de plástico que se les ocurre.

La obra también aborda las batallas internas que se desarrollan dentro de los partidos. De hecho, esas contiendas internas suelen ocupar más espacio que las disputas con la oposición; según el autor, “son peleas en las que se eliminan a los adversarios, lo que resulta en que los que llegan al poder no son los más capacitados, sino aquellos que mejor se manejan en ese entorno”.

Uno de los personajes que se retrata, y con bastante sarcasmo, es el asesor en la sombra, quien dicta las consignas y trabaja para que el triunfo se haga realidad, sin importar que su jefa sea una corrupta reconocida. “Son esos personajes que carecen de ideología; son expertos en marketing que no se preocupan por las ideas, porque solo buscan manipular a la opinión pública; quería mostrar cómo se cocinan esas noticias en esos espacios a los que nunca tenemos acceso, y creo que hacerlo a través del humor es efectivo”.

Y sí, indudablemente es efectivo en su adaptación teatral, donde el día del estreno, la presidenta y su equipo recibieron una calurosa ovación, pero también es evidente que acumulan victorias en el ámbito político, aunque a menudo lo que se ofrezca sea tan surrealista como un bosque de pinos de plástico. En realidad, no hay que ir muy lejos para observar algo similar que ya existe: casi todos los parques infantiles donde antes los niños jugaban con tierra ahora son de plástico y caucho, y muchos están cubiertos con toldos, también de plástico, para protegerse del sol.

La obra ‘Los árboles no votan’ se puede disfrutar todos los miércoles de marzo (excepto el último) en el Teatro del Barrio, el espacio cultural que recibió el Premio Nacional de Teatro en 2024. El director menciona que espera poder llevarla a otras ciudades de todo el país, por lo que habrá que estar atentos.

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