La torrija más deliciosa se prepara en este modesto vecindario de Madrid.


Ahora que estamos a las puertas de la Semana Santa, con el Domingo de Resurrección a la vuelta de la esquina, muchos se lanzan a la búsqueda de la mejor torrija de Madrid, frecuentando lugares como Chamberí, el barrio de Salamanca o las pastelerías más renombradas del centro. Sin embargo, este año la atención ha cambiado de rumbo y se ha centrado en un barrio más modesto, lejos de escaparates elegantes y colas interminables.

Esto ha quedado demostrado con el Concurso de la Mejor Torrija de Restauración de Madrid, que se ha celebrado recientemente y donde el galardón ha sido otorgado a un lugar que pocos tenían en mente o ni siquiera conocían. Ahora que las torrijas son el dulce estrella de la Semana Santa, la mejor torrija tradicional de la ciudad no se encuentra en un local de moda ni en una pastelería de renombre, sino que está en un mercado de barrio, en Puente de Vallecas. Detrás de esta delicia hay una historia que explica por qué ha cautivado al jurado y por qué son numerosos quienes ya no dudan en acercarse a probarla.

La mejor torrija se hace en este humilde barrio de Madrid

La gran protagonista de este año en el concurso organizado por la Asociación de Cocineros y Reposteros de Madrid (Acyre) ha sido la pastelera Paula Beer, quien logró el primer puesto en la categoría de torrija tradicional en la sexta edición del certamen. No es la primera vez que lo consigue, ya que el año anterior se llevó el premio en la categoría innovadora con su trabajo en Nude Cake, en Alcorcón. Esta vez, ha repetido éxito desde un lugar muy diferente, representando a La Raspa VK, el puesto de comida en el mercado de Numancia, en Puente de Vallecas, que abrió junto a su marido Chema de Isidro, vinculado a la ONG Gastronomía Solidaria. Se trata de un negocio más accesible y de barrio, y este enfoque también se refleja en su torrija.

Una receta sencilla que sabe a casa

Lejos de preparaciones excesivamente complejas, la propuesta ganadora se basa en la sencillez, o más bien, en una elaboración que, aunque cuenta con ligeras variaciones, sigue siendo la receta tradicional de las torrijas. Según explica para El País, la base de la torrija que ha llevado a Beer a la victoria, consiste en un pan de brioche hecho por ellos mismos con harina de fuerza, huevo, levadura fresca y mantequilla. A partir de ahí, lo empapan en una leche infusionada con canela, limón y naranja, buscando ese sabor clásico de toda la vida.

La diferencia radica en el acabado, ya que en lugar de freír la torrija como suele hacerse, la caramelizan con mantequilla y utilizan muy poco aceite de oliva. Este pequeño gesto transforma completamente el resultado, logrando un exterior ligeramente crujiente, pero sin exceso de grasa, y un interior suave y jugoso.

La propia Paula Beer lo resume de manera sencilla: es una torrija que recuerda a las de antes, a las que hacían nuestras abuelas. Ahí probablemente radica la clave de su éxito.

Un concurso que confirma el nivel de la repostería madrileña

El certamen, realizado en la Escuela Superior de Hostelería y Turismo de Madrid, ha vuelto a reunir a algunos de los nombres más destacados de la repostería de la región. En la categoría tradicional, el segundo puesto fue para la pastelería Manolo by Hermanas Manzano, en Colmenar Viejo, mientras que el tercero fue para El Rincón de Antonia, en Arganda del Rey.

En la categoría innovadora, el premio fue para el restaurante Plademunt, en Alcalá de Henares, con una propuesta muy diferente: una torrija con forma de donut, denominada Torridonut. En este caso, la elaboración es significativamente más compleja, con un proceso de casi 40 horas que incluye fermentaciones, fritura en forma de donut e inyección de leche infusionada. Esta reinterpretación muestra cuán lejos ha llegado la evolución de este postre tradicional.

Más allá de los premios, lo fascinante de esta edición es el cambio de escenario. La mejor torrija de Madrid ya no se encuentra necesariamente en los barrios más exclusivos o en los locales de siempre. Ahora también hay que mirar hacia mercados, proyectos pequeños y propuestas que, sin hacer demasiado ruido, están elevando el nivel. Lugares donde lo importante no es tanto la presentación como el producto, y aquí es donde reside la gracia, ya que es en estos espacios donde el dulce más tradicional ha vuelto a destacarse de manera sorprendente.

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