Madrid recibe nuevamente el Divino Encuentro después de dos años sin su procesión.
Claro, aquí tienes el contenido reescrito manteniendo las etiquetas HTML:
Este Sábado Santo no deja lugar para la incertidumbre. El de Arriba, a pesar de su luto, quiso regalarnos un sol radiante, que hasta los anderos evitan. No hay espacio para vacilaciones ni miedos. En esta jornada sagrada, los cielos nublados, que solían ser protagonistas en crónicas anteriores, ya no tienen cabida. Así, en la calle de Alcalá, están los madrileños más devotos, que este año no temen al clima. Como si llevaran la resaca de su encuentro con Medinaceli la noche anterior, quien esta vez, lejos de la discreta aparición del año pasado, realizó su recorrido procesional habitual.
Frente a la iglesia de la Concepción Real de Calatrava, donde están las esculturas que pondrán fin a la Semana Santa en Madrid, no hay rezos ni jaculatorias. El cielo dictó su mensaje: a las cuatro de la tarde, el templo abrirá sus puertas para que el Cristo de la Soledad, yacente, se reúna con su dolorosa Madre en la plaza de la Villa, después de recorrer el Madrid más sagrado.
Dentro, las manolas ajustan con esmero sus peinetas y los nazarenos más tempraneros se santiguan ante el cuerpo sin vida del Yacente. «El templo es para el silencio. Y si no, todos al sol», se escuchó firme desde el fondo de la capilla, recordando la solemnidad que requiere la antesala de la estación de penitencia. Y a media hora del inicio, el interior de la basílica presentó un singular contraste: los 120 tamborileros de la cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz de Zaragoza, ataviados de blanco, rompían visualmente con el rigor del hábito y el tercerol negro del cortejo de la Virgen. A su alrededor, cámaras de medios de comunicación, mayordomos ultimando detalles -«¿quiénes necesitan intercomunicadores?»- y familiares de los hermanos que, minutos después, acompañarían a las sagradas imágenes en el epílogo de la Pasión madrileña.
Durante ese intervalo, se buscó al Hermano Mayor, Luis Fernando López Perona, quien, entre el bullicio y «con los nervios a flor de piel», hizo su primera mención al clima, recordando que «este año debemos disfrutar lo que no pudimos vivir en los dos últimos. La fe se lleva por dentro, y se disfruta de otra manera. Pero hoy hemos tenido la fortuna de procesionar y llevar nuestra fe a la calle».
Los redactores dejamos la parroquia alrededor de menos diez, cuando uno de los miembros revisaba el estado del cortejo con voz ágil. Se iniciaba la organización de los primeros tramos y los ramos florales empezaban a desfilar. «¿Dónde está el estandarte de Cristo?», preguntaba con prisa. «Detrás de los zaragozanos, por favor». «Cofradía de la Exaltación, echaos hacia adelante», eran las indicaciones que fluían entre el murmullo contenido. «Los acreditados que salgan por la puerta de atrás», ordenaba finalmente, mientras el engranaje de la procesión se ajustaba con precisión para iniciar una de las citas más solemnes y esperadas de la Semana Santa.
El Divino Encuentro, en la Plaza de la Villa, esta tarde de Sábado Santo.
(Tania Sieira)
En el exterior, la espera se sentía más ansiosa que nerviosa. «Este año sí que salimos, pase lo que pase», comentaba un cofrade veterano, aún con el recuerdo fresco de las dos últimas primaveras en las que la lluvia impidió que Nuestra Señora de la Soledad y Desamparo y el Cristo Yacente de Calatrava procesionaran juntos.
La Madre, obra del siglo XVIII de Juan Pascual de Mena, y el Hijo, esculpido en el siglo pasado en los icónicos talleres de Olot, salieron a la hora prevista. Después de que el Hermano Mayor de la Hermandad de La Borriquita de Madrid acudiera al templo para realizar la tradicional llamada a las puertas y entregar la llave de la iglesia al ayuntamiento, Jesús Yacente salió a la calle a las 16:09 horas. Casi quince minutos más tarde, aparecieron los bastones de madera que portan y sostienen el paso de la Soledad, comenzando así su recorrido.
Ambas imágenes dejaron el templo al son del himno nacional, en un gesto solemne que marcaba el inicio de la última procesión, la del Divino Encuentro, ya que la capital carece de una talla de Resucitado. A las cuatro y media, ya estaban cruzando las principales calles del Madrid más antiguo, como la calle de Alcalá, la Puerta del Sol y la calle Mayor.
No fue hasta después de las seis y media que la del Desamparo alcanzó la Plaza de San Miguel, mientras el Yacente avanzaba por la calle Mayor. Allí le dedicaron una saeta, entonada con fervor. Ambos se separaron a la altura de la travesía de Bringas, para reunirse momentos después en la plaza de la Villa, donde los más pequeños se trepaban a las columnas de las farolas mientras madrileños y visitantes se protegían del sol con la mano a modo de visera, observando cómo la Virgen llegaba desde la calle del Codo.
Los tamborileros retomaron sus sones, marcando con un ritmo solemne el avance del cortejo. Frente a la Casa de la Villa, con su Hijo descansando en un sencillo sepulcro, resonó la saeta otra vez. Aunque, para desilusión de los presentes, el micrófono dejó de funcionar, impidiendo que la cantaora se escuchara a la distancia. Aun así, los aplausos no se hicieron esperar.
La Virgen fue la primera en continuar su camino por la calle Mayor, siguiendo por la calle Bordadores, Calle Arenal, Puerta del Sol, Carrera de San Jerónimo, Plaza de Canalejas, Calle Sevilla y Calle Alcalá, hasta regresar a la Iglesia de la Concepción Real de Calatrava, bajo un sol más veraniego que primaveral. Que la misma fortuna acompañe el próximo año su estación de penitencia.



