Moncloa asimila al PSOE andaluz y lo deja sin capacidad de acción.


Las elecciones andaluzas han dejado de ser para muchos líderes veteranos del PSOE una simple disputa territorial, convirtiéndose en un examen nacional para Pedro Sánchez. Con un partido que lucha por encontrar su mensaje, influenciado por la política estatal y obligado a competir en un espacio progresista fragmentado, la inquietud interna crece en la medida que se aproxima el inicio oficial de la campaña. Y lo que se evalúa, en lo que ha sido un bastión socialista histórico, es solamente hasta dónde alcanza la debacle.

La primera preocupación se relaciona, precisamente, con el enfoque de la campaña. Los cuadros con experiencia electoral se quejan de «un error clásico», el de nacionalizar, una vez más, unas elecciones autonómicas. «La lógica tradicional del PSOE siempre ha sido la opuesta. Ganar en los territorios con agenda propia, con un candidato reconocido y con un relato de gestión». Sin embargo, la pérdida de poder y de referentes territoriales, llevada a cabo en la etapa sanchista, ha resultado en que todas las campañas autonómicas se estén desplazando hacia el ámbito estatal, hasta ser absorbidas por la lógica de los asesores de Moncloa.

De este modo, el PSOE solo se enfoca en confrontar con el PP, defender al Gobierno y atarse a su mástil ideológico. Para los experimentados, esta postura es arriesgada, ya que vuelve a convertir la elección andaluza en un plebiscito indirecto sobre un Ejecutivo desgastado que actúa como «lastre», además de movilizar al votante adversario. También diluye el perfil autonómico, que históricamente ha sido la clave para las victorias del PSOE.

Otro aspecto que está generando debate interno es la falta de un eje claro. «Fontaneros» socialistas, experimentados en la organización de campañas, insisten en que, para que esta sea efectiva, debe tener siempre una idea sencilla, reconocible y repetible.

El mantra al que se ha aferrado la candidata socialista, María Jesús Montero, es el de la sanidad y los servicios públicos, pero lo hace bajo la sombra de sus gestos, como ministra de Hacienda, a favor del independentismo catalán. Por lo tanto, los populares pueden fácilmente revertir su discurso, además de que su currículum no es precisamente impecable en Andalucía. A esto se suma que su oponente, Juanma Moreno, tiene una imagen positiva como gestor, lo que juega también en su contra.

«Nuestro mensaje es disperso. No hay un concepto dominante que oriente la campaña, y cuando el mensaje se dispersa, también se debilita la capacidad de penetrar en el electorado indeciso, que siempre, o así se dice, determina las elecciones», añade un exconsejero de Sánchez en Moncloa.

La fragmentación del espacio progresista añade otra capa de dificultad. La competencia a la izquierda del PSOE exige un equilibrio incómodo, y en esta comunidad, esa izquierda resta voto útil a las siglas socialistas. El PSOE se enfrenta a la misma dicotomía que afecta al PP: si el partido endurece su discurso, arriesga perder votante moderado; si lo modera, facilita la fuga hacia formaciones más ideológicas. Una izquierda a su izquierda que tampoco está en su mejor momento: no tiene un liderazgo claro ni un proyecto diferenciado.

«En política, la percepción de cohesión es casi tan importante como la suma aritmética», comenta uno de los dirigentes consultados. Aquí no terminan los problemas de Montero, ya que también influye la lectura global que hace el electorado andaluz del escenario. En las «cocinas» de las federaciones autonómicas resaltan que Andalucía históricamente ha premiado perfiles de gestión y estabilidad. Cuando la campaña se ideologiza en exceso, como es la estrategia impuesta desde Madrid, «el votante transversal se retrae». Y esta dinámica favorece a un PP que ha construido su discurso en torno a la continuidad y la moderación.

«El contraste es claro: mientras la izquierda aparece en tensión interna, la derecha se presenta como garantía de certidumbre».

Por si fuera poco, el liderazgo no convence. El PSOE andaluz necesita proyectar una figura con autonomía territorial, y, sin embargo, «contamos con una ministra como candidata y un partido obligado a apoyarse en el peso del Gobierno para movilizar a su electorado».

La campaña andaluza se desarrolla en un momento nacional complicado para el PSOE. Ya de por sí, el desgaste acumulado, las tensiones parlamentarias y la fragmentación del espacio progresista condicionan la percepción. El «caso mascarillas» entra en juego, y, aunque el «caso Kitchen», que es lastre del PP, pueda hacerle sombra, en los titulares y en el ruido mediático pesará más, salvo excepciones, la imagen del «corazón» del sanchismo sentado en el banquillo: Ábalos y Koldo, los dos ex «todopoderosos» que elevaron al presidente al liderazgo del partido, ante el juez. Moncloa confía en que el «No a la guerra» siga vigente hasta que los andaluces voten, pero el impacto de ese eslogan es cada vez menor y el contexto no tiene nada que ver con el de la guerra de Irak en cuanto al posicionamiento del PP.

En este escenario, Montero tiene el desafío de movilizar a un votante socialista desmotivado, lo que confirma la actual debilidad estructural del partido en Andalucía. Esto explica que el PSOE plantee la campaña como una reactivación más que como una remontada. Los sondeos internos confirman el mismo drama que el que señalan los publicados: Montero no despega, el partido llega dividido y desmovilizado, y es imposible evitar que la campaña se interprete como un test nacional sobre Sánchez.

La dirección política del mensaje y de la estrategia está a cargo de Moncloa. Es decir, la candidatura de Montero no se construye desde el aparato autonómico, sino desde una lógica absolutamente nacional, y esta centralización reduce el margen del PSOE andaluz para ajustar el discurso al territorio y borrar la imagen de una candidata que es una prolongación del Ejecutivo.

La implicación directa de Sánchez también está siendo vista dentro del propio PSOE como un elemento útil para los sectores críticos. Saben que el resultado es una evaluación del liderazgo nacional y que una derrota clara no se interpretará como un problema andaluz, sino como un síntoma más del desgaste del proyecto político del presidente. Esta interpretación refuerza a quienes sostienen que el ciclo electoral se está estrechando y que el partido necesita abrir una reflexión interna.

Frente a estas injerencias, el sector territorial clásico -alcaldes, cuadros provinciales y dirigentes con implantación histórica- muestra orgánicamente su incomodidad con la estrategia. Las críticas hacia la pérdida del perfil propio del PSOE han llegado al entorno de Montero, del mismo modo que este grupo, más pragmático y moderado que las directrices sanchistas, da por hecho que el resultado abrirá una discusión interna sobre el rumbo del partido.

Mientras tanto, en el bloque de la derecha se evalúa la fuerza de un modelo político sostenido en un liderazgo moderado, sin estridencias, capaz de absorber voto socialista y de neutralizar a Vox sin confrontar directamente con ellos. No es, en absoluto, la misma estrategia que se sigue últimamente en Madrid o en otras comunidades autónomas, como Castilla y León. El diseño de la campaña del PP andaluz responde a la lógica de evitar la polarización, reducir el tono ideológico y centrar el discurso en gestión y estabilidad. No es casual. El objetivo no es movilizar al electorado conservador clásico, sino ampliar la base hacia el centro.

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