‘Oídos agotados’: millones de ancianos padecen una enfermedad costosa que provoca aislamiento y no es cubiertos por la sanidad pública | Sociedad
María Isabel Ribot responde al teléfono, pero, tras un intercambio fallido de palabras, se lo pasa a José Luis Barranco, su esposo: “Oír, oye, pero no entiende”. Ella tiene 74 años y comenzó a notar que su audición disminuía hace “cinco o seis”. El término médico para esta condición es presbiacusia, que se asemeja al término para la vista cansada (presbicia), pero se refiere al oído. Afecta a uno de cada tres adultos mayores de 60 años y hasta el 75% de los que tienen más de 80, presentando grados variables de discapacidad. En España, hay más de 13 millones de personas mayores de 60 años, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística.
Esta situación se repite frecuentemente en su hogar. “Tengo que escribirle cosas en el móvil para que las lea”, comenta su esposo, de 78 años. En las reuniones con amigos, María Isabel se siente excluida: “Se aísla; cuando desea intervenir, la conversación ya ha avanzado”. La televisión, que antes subían para compensar, ahora se escucha más baja, ya que no capta lo que emite. La comunicación oral se ha perdido progresivamente.
La presbiacusia es, realmente, un término que abarca múltiples causas. “No es una enfermedad única, sino el resultado de procesos acumulados a lo largo de la vida”, señala Serafín Sánchez, presidente de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC). La exposición continua al ruido —ya sea laboral o recreativo—, infecciones, traumatismos o incluso ciertos medicamentos ototóxicos afectan progresivamente el oído interno. El resultado es un deterioro crónico, irreversible y desigual: algunas personas pierden audición de manera lenta, mientras que otras experimentan un deterioro más rápido e incapacitante.
El diagnóstico no se basa en biomarcadores, sino en pruebas funcionales. Las audiometrías miden tanto la percepción de tonos puros como la capacidad de comprender palabras. Esta última, conocida como inteligibilidad, es crucial. Porque el problema no es solo oír menos, sino entender peor. “Pensamos que subiendo el volumen se soluciona todo, pero hay un componente cognitivo fundamental”, indica Francesc Carreño, director del área social y audiología de GAES, la empresa de audífonos. En este punto, muchos pacientes se identifican: oyen sonidos, pero no logran interpretarlos.
Eso es lo que le sucede a María Isabel. Hace dos años adquirió audífonos por los cuales pagaron 5.000 euros. “Creíamos que era la solución perfecta, pero no”, comenta su esposo. Tras numerosos ajustes, el resultado apenas ha cambiado: “Quizás oye un 1% más, pero el problema no es oír, es entender”. Actualmente, lleva más de un año esperando un implante coclear que podría ser la solución para muchas personas a quienes los audífonos no les son útiles.
Este dispositivo electrónico sustituye la función del oído. A diferencia de los audífonos, que amplifican el sonido, el implante convierte las señales acústicas en impulsos eléctricos que estimulan directamente el nervio auditivo. No restaura la audición natural, pero en muchos casos permite recuperar la comprensión del lenguaje y salir del aislamiento asociado a la sordera.
Es necesaria una operación quirúrgica que es financiada por el Sistema Nacional de Salud cuando está indicada. En el caso de María Isabel, hay una “larga lista de espera”. Sin embargo, normalmente no es necesario llegar tan lejos: los audífonos pueden ser la solución (aunque no perfecta) para la mayoría.
Según el EuroTrack de 2023, una megaencuesta que el sector realiza cada tres años en toda Europa, un 60% de los españoles con problemas auditivos no utilizan ninguna ayuda técnica. Solo cuatro de cada diez usan audífonos. Las razones son diversas: incomodidad, estigma, escepticismo sobre su eficacia o, sobre todo, el precio. “Ser sordo es caro”, resume Judith Manzanares, periodista de 62 años que ha utilizado audífonos con los que puede llevar una vida bastante normal desde los 53. Los actuales le costaron más de 4.500 euros. No pudo acceder a ayudas públicas porque no alcanzaba el grado de discapacidad requerido.
La financiación es una de las grandes asignaturas pendientes. En España, los audífonos solo están cubiertos de manera general hasta los 26 años. Después, la ayuda depende de las comunidades autónomas —11 ofrecen prestaciones parciales— y de requisitos restrictivos.
El Ministerio de Sanidad está trabajando en la inclusión de la presbiacusia en la estrategia de cronicidad, en el capítulo del envejecimiento saludable. Esta medida podría facilitar una mayor financiación de audífonos y un abordaje más sistemático de una condición que condiciona profundamente la vida diaria.
Las consecuencias de esta condición van más allá del oído. La pérdida auditiva no tratada propicia el aislamiento social, la depresión e incluso el deterioro cognitivo. “Cuando una persona deja de participar en conversaciones, se aleja poco a poco de su entorno”, advierte Sánchez. Ese retraimiento puede acelerar procesos de deterioro cerebral.
Por eso, los especialistas insisten en la detección precoz y en la necesidad de buscar soluciones lo antes posible. “El peor enemigo es el tiempo de privación auditiva”, señala Carreño. Cuanto más se demora la adaptación a una prótesis, más se deteriora la capacidad del cerebro para procesar sonidos. Y más difícil es recuperarla.
Reeducación auditiva
Cuando la audición se ha perdido, se puede recurrir a la reeducación auditiva, esencial especialmente en pacientes con baja inteligibilidad. Esta incluye ajustes progresivos del dispositivo y ejercicios específicos para reentrenar la escucha. “Es necesario volver a enseñar al cerebro a interpretar los sonidos”, explica Carreño. El proceso puede durar entre tres y seis meses e incorpora técnicas como estimulación sonora controlada o ejercicios de comprensión verbal.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, esto no está cubierto por la sanidad pública, así que quienes lo requieren deben financiarlo en clínicas privadas o, generalmente, en los centros donde adquieren los audífonos.
Judith lo ha experimentado en primera persona: “Estando sorda, hay sonidos que te incomodan; con la reeducación, dejan de serlo”. También mejora la confianza: distinguir “coche” de “noche” puede parecer un matiz menor, pero influye en la participación social y profesional.
Una experiencia similar relata Santiago de las Obras, médico jubilado de 66 años, que combina audífono e implante coclear. “Al principio es frustrante: oyes, pero no entiendes nada. Es como aprender un idioma nuevo”. Su entrenamiento incluía asociar palabras a imágenes, reconstruyendo poco a poco el significado de los sonidos. Hoy se desenvuelve con facilidad, aunque reconoce limitaciones: en entornos ruidosos o con interlocutores que vocalizan mal, la conversación se torna complicada.
Algunos usuarios de audífonos aseguran que en una conversación tranquila con otra persona funcionan bien ―el 96% de los usuarios reportan mejorías en la comunicación―, pero se quejan de que cuando hay más ruido, o muchas personas hablando al mismo tiempo, no entienden nada. Se sienten abrumados y a veces dejan de usarlos. Los dispositivos de última generación cuentan con inteligencia artificial para minimizar este efecto, pero, según De las Obras, aún no son perfectos. “No es como la audición natural”, subraya.
Aun así, recalca el mensaje repetido por los especialistas: no trivializar los primeros síntomas. “No es solo oír menos. Es que poco a poco te vas aislando sin darte cuenta”. Esto lleva a muchas personas a salir menos de sus casas y a sufrir problemas anímicos que pueden ser graves, especialmente en el caso de quienes viven solos.
María Isabel cuenta con su esposo, quien no solo responde al teléfono, sino que está casi siempre a su lado y actúa como su interlocutor. Para quienes no tienen esa suerte, o los recursos económicos para acceder a audífonos, la presbiacusia puede asumir la forma de un aislamiento que limita cada vez más su mundo.



