Olafur Eliasson, el artista de la luz, se enfrenta al canvas: “Al soltar la obsesión por los resultados, te vuelves menos defensivo” | Cultura


Al ingresar a la exposición de Olafur Eliasson (Copenhague, 59 años) en la galería Elvira González, la quinta que realiza en este espacio madrileño, la impresión inicial es la de encontrarse ante una propuesta notablemente diferente a lo esperado de este artista reconocido, pero al mismo tiempo, fácilmente identificable. Es como aterrizar en un lugar inédito, pero con un aroma familiar. «Es una muestra muy distinta a la mayoría de las que realizo», admite Eliasson tras su viaje a Madrid para la inauguración de la muestra a principios de marzo, en una conversación con EL PAÍS en el sofá de la oficina de la galería. «Sin embargo, siempre he trabajado con papel, y dibujo casi todos los días desde que era adolescente».

Con formación en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, Eliasson, de origen islandés y radicado en Alemania, se destacó en la pintura durante su carrera. Se hizo conocido por sus obras multimedia que juegan con la luz y el agua, así como instalaciones, esculturas o fotografías que exploran tanto los aspectos científicos como humanistas de los fenómenos naturales. En Tu inconmensurable expansión de llamaradas (hasta el 25 de abril), presenta una selección de 19 pinturas y dos instalaciones de luz creadas entre 2025 y 2026 en colaboración con su estudio berlinés, donde Eliasson explora nuevamente algunos de los temas que han definido su carrera: cuestiones como el papel del azar en la creación, los límites del control y la percepción como factor transformador de la realidad.

Sobre las paredes blancas de la galería emergen una serie de escenas oscuras con un aura cósmica o celular, habitadas por esferas superpuestas y alternadas, que se intercalan con lienzos redondos en los que los colores intensos se expanden desde el centro hacia los bordes, como los círculos provocados por una piedra en un estanque o los anillos concéntricos de un tronco de árbol. «Estas obras están hechas con tinte, el mismo que usas en el cabello o en la ropa», apunta Eliasson, vestido completamente de negro, un contraste con sus pinturas iridiscentes. «A diferencia de la acuarela o el óleo, que se quedan en la superficie, el tinte penetra, por lo que si miras la pintura desde el reverso, también está teñida».

Esta característica de los fluidos, conocida como «efecto capilar», lleva al espectador, sumido en el misterio de esta poco común materialidad pictórica, de regreso a la esencia del método de trabajo de Eliasson: una investigación basada en las leyes de la física y la química, combinada con una curiosidad innata por el mundo natural que nos rodea. Una continuidad conceptual que no debe confundirse con el estilo, una etiqueta que, según el artista, muchos creadores jóvenes parecen adoptar, replicando lo que les ha dado éxito y que, por ello, «debería evitarse». «El estilo diluye la contemporaneidad, y se pierde en un modelo pasado», aclara. «El cuadrado negro de Malévich no tiene estilo: sigue siendo una pintura contemporánea».

En la serie Seven Days of Sunlight (2026), Eliasson introduce elementos como el calor y las corrientes de aire para que los colores se dispongan en el lienzo de manera autónoma, sin intervención manual. En Transformative Self-Led Colours (2026), coloca mancuernas que utiliza para entrenar, ejerciendo una presión de 30 kilos sobre una fina plancha de acero apilada con papeles de acuarela, permitiendo que la tinta se infiltre y genere una serie de pinturas distintas pero interconectadas. «No diría que se han pintado a sí mismas», resume Eliasson, «aunque yo no he pintado ninguna de estas obras».

Cercano y tranquilo, y enfocado en su discurso, Eliasson muestra en su móvil imágenes de un viaje a Japón donde capturó una mesa negra lacada reflejando la imagen de quien la observa. Como explica, se trata de una de las técnicas que ha estudiado para integrar a su práctica, junto a otras como la xilografía japonesa —que utiliza la presión como herramienta— o el jaspeado de la encuadernación tradicional, donde agua y óleo se combinan para crear patrones únicos en el papel. Su proceso puede llevar años, aunque el resultado final parezca realizado en días.

«Al principio, comencé con la fotografía, capturando destellos», continúa Eliasson al referirse a la mesa lacada que mostró en su teléfono, un espejo negro que devuelve imágenes envueltas en un fogonazo de luz. «Normalmente, los destellos son considerados errores, y las cámaras tienen cada vez más adiciones para eliminarlos. Sin embargo, en el pasado las lentes producían destellos, y nunca sabías cuán grandes serían», comenta. De esta noción surge su “amor” por estas imperfecciones visuales, que da nombre a la muestra, donde el término que utiliza en inglés, “flares”, se traduce como “llamaradas”.

A lo largo de sus más de tres décadas en el mundo del arte, marcadas por hitos como The Weather Project, la instalación icónica de 2003 que alertaba sobre el cambio climático en la Sala de Turbinas de la Tate Modern, o su retrospectiva de 2020, que viajó de la Tate al Guggenheim de Bilbao y tuvo que cerrarse temporalmente debido a la covid, Eliasson ha concluido que el arte necesita implicarse con la «verdad y la honestidad». «La cultura se está convirtiendo en una fuerza dinámica en nuestra sociedad», sostiene. «No está organizada en torno a un CEO, pero es un gran sistema».

Esa integridad inherente al arte, continúa, debería guiar su práctica en tiempos de «Epstein e inteligencia artificial». «Se vuelve cada vez más difícil ser genuinamente sincero», reflexiona. «Es entonces cuando te das cuenta de que hacer arte muchas veces implica soltar tu apego a los resultados. Si observas el mundo, existe una obsesión con los resultados. Todo se centra en ellos. Al soltar esa obsesión, te vuelves menos defensivo, más vulnerable y, por ende, más susceptible a la crítica. No obstante, esto también te llevaría a ser más honesto».

Quizá para dar el ejemplo, Eliasson vuelve a sacar su teléfono y rebusca entre sus archivos. Muestra un vídeo en el que canta una canción de Janis Joplin junto a sus dos hijos, él tocando la guitarra, un instrumento que toca como hobby y que planeaba escuchar en un concierto de flamenco en Madrid. «No suelo hacer esto en las entrevistas», ríe antes de volver a guardar su móvil. Antes de despedirse y beber el café que había estado esperando en la mesa, agradece a este periódico por su atención a su trabajo. Como ha dicho antes: el arte y su honestidad, entendida también como un acto de «escucha», «son absolutamente esenciales para el bienestar del mundo».

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