Pedro en la plaza de Oriente.
Proclamar «no a la guerra» es una estrategia sencilla, tan demagógica como efectiva, para triunfar en un debate. Porque «sí a la guerra» es un lema que nadie sano de mente se atrevería a pronunciar, y los matices exigen explicaciones complicadas que no se pueden resumir en una frase. … Con el ‘No a la guerra’ logró Zapatero ganar unas elecciones –con las bombas en los trenes de por medio– y, aunque la sociedad y las circunstancias han cambiado, es claro que Sánchez ha rescatado este eslogan para salir de sus dificultades crecientes y encontrar en Trump una figura contra la cual proyectarse. El presidente estadounidense le ha facilitado el camino al amenazar nuestros intereses comerciales; son dos caras de la misma moneda, dos populistas irresponsables expertos en crear enemigos cuando enfrentan problemas. Pedro ya puede diseñar su propia plaza de Oriente y llenarla de manifestantes, ya sean físicos o virtuales, impregnados de un patriotismo pacifista y unidos por un sentimiento de superioridad moral frente al ataque del detestado magnate.
Ha estado buscando un marco electoral, y lo ha encontrado. Ahora falta por saber si se atreverá a ponerlo en marcha, y cuándo. El método está claro: consiste en fingir liderazgo, presentándose como el Quijote europeo capaz de enfrentarse a un gigante autoritario, un personaje objetivamente tosco y antipático cuyos ataques de testosterona generan rechazo en muchos ciudadanos. En esa dialéctica simplista no hay lugar para matices, posiciones intermedias o criterios fundamentados; solo hay un efecto emocional arrastrador, un clásico lienzo pintado a brochazos. Es una propaganda burda destinada a incitar el enfrentamiento entre bandos. La estrategia no se dirige al antisanchismo convencido, que ya es imposible de recuperar, sino a esa izquierda desmovilizada que aún puede reagruparse en torno a un llamado maniqueo. Y también a una parte significativa del electorado que, despreocupada por las vicisitudes políticas cotidianas, es sensible a controversias públicas de gran impacto.
Ambos grupos forman una masa de votantes a considerar. Y Sánchez va a por ellos con dos banderas: la oposición a la guerra y la reclamación de soberanía frente a la intromisión de una potencia extranjera. No espera, ni aspira a hacerlo, a ganar un solo voto de la derecha firme en sus ideas, pero si hubiera un eventual embargo estadounidense, habrá sectores y personas afectados por las repercusiones en sus actividades económicas concretas. Españoles para quienes las reglas de las alianzas internacionales o los equilibrios geopolíticos son asuntos lejanos que no entienden ni les interesan. Ha conseguido lo que quería: un adversario grande que le otorga interés y lo desafía a una demostración de fuerza, el escenario que podría ofrecerle un repunte en las encuestas y la oportunidad de adelantar elecciones invocando una situación de emergencia. Es la clase de dirigente que, al carecer de soluciones, genera más problemas y espera que algún giro del destino se los resuelva.



