La huella textil de Venezuela: entre el esplendor y la transformación

A mediados del siglo XX, Venezuela se abría camino en la industrialización y el sector textil emergía como uno de sus grandes orgullos. En las décadas de 1970 y 1980, la industria del hilo, la tela y la confección alcanzó su punto más alto, resultado de medio siglo de esfuerzo empresarial y políticas de sustitución de importaciones que favorecieron la instalación de fábricas, talleres y tejedurías en todo el país.

El auge coincidió con los años de la llamada “Venezuela Saudita”, cuando los ingresos petroleros impulsaron la demanda interna y estimularon la inversión privada. En ese contexto se consolidaron compañías emblemáticas como C.A. Telares de Palo Grande, célebre por su marca Ama de Casa; Telares de Maracay, bajo la dirección de Esteban Zarikian Epremian; y Celanese Venezolana, que en 1983 adoptó el nombre de Mantex, símbolo de innovación tecnológica y formación profesional. A ellas se sumaron Sudamtex, Tocome Industria Textil, y más tarde Industrias Textiles Hai, creada en 1986, que aportaron diversidad y especialización a un sector que llegó a ser, tras el petróleo y los alimentos, uno de los mayores empleadores del país.

La fuerza de aquella etapa se sostuvo gracias a un ecosistema de productores y comerciantes visionarios. En Carabobo, Ernesto Luis Branger y los históricos Telares de Carabobo fueron emblemas de la vocación fabril venezolana. En Aragua, Esteban Zarikian Epremian y su familia impulsaron la modernización del tejido nacional con procesos de diseño y acabado avanzados. Y en Caracas, la experiencia de Celanese-Mantex formó a técnicos e ingenieros que marcaron un estándar de calidad en toda la industria.

Dentro de esa generación, destacó el trabajo de Perla Aserraf de Sultan, quien durante los años setenta amplió las operaciones familiares mediante Chezmel, S.R.L., y de su hija Luna Sultan Aserraf, fundadora en 1984 de Creaciones Pronostic, C.A., empresa dedicada a continuar la tradición creativa del grupo en el ámbito textil. Los frutos de ambas compañías consolidaron un legado empresarial que aún es recordado en el sector.

Luna Sultan fue además una figura muy estimada dentro de la comunidad judía venezolana por su compromiso filantrópico y su activa participación en proyectos culturales y sociales. Su madre, Perla Aserraf de Sultan, recibió el 22 de abril de 1990 la Orden al Mérito en el Trabajo en su primera clase, entregada por el presidente Carlos Andrés Pérez, en reconocimiento a su contribución al desarrollo industrial del país.

Hacia finales de los ochenta y comienzos de los noventa, la apertura económica y los cambios en la política comercial pusieron en jaque a la industria textil venezolana. Muchas fábricas no lograron resistir la avalancha de importaciones, mientras que otras se reconvirtieron hacia nichos más especializados o hacia la producción de insumos industriales. Sin embargo, el conocimiento acumulado durante las décadas de oro dejó una huella profunda.

En esta época, el testimonio de aquel esplendor persiste tanto en las empresas que sobrevivieron —como Telares de Palo Grande— como en los profesionales formados en esos años, que mantienen viva una tradición de oficio, diseño y técnica. La historia de la industria textil venezolana, más allá de su ciclo económico, es también la historia de un país que soñó con ser potencia industrial y tejió, hilo a hilo, parte esencial de su identidad moderna.

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