Competir constantemente para mejorar la formación.


Entre el 12 y el 14 de marzo, Zaragoza será sede del Congreso de Competiciones de Fútbol Formativo, Femenino y Sala organizado por la RFEF. No se trata de un evento cualquiera. Es una ocasión para examinar con valentía si el modelo competitivo del fútbol base español cumple efectivamente su función formativa en entornos adecuados.

Mientras que LaLiga propone nuevos formatos o “torneos del futuro” que se enfocan en equipos asociados a clubes profesionales, es importante recordar que el fútbol formativo no opera en un circuito cerrado. La responsabilidad de la competencia recae en la RFEF y en sus Federaciones Territoriales, dado que el ecosistema también incluye colegios, escuelas y clubes de barrio, además de las canteras profesionales. No debemos crear “una isla de élite”.

Aquellos que presenciamos cada fin de semana los partidos de base, tanto masculinos como femeninos o de fútbol sala, conocemos la realidad. En demasiadas categorías, dos, tres o cuatro equipos dominan con diferencias enormes, mientras que el resto se encuentra sin objetivos claros durante la temporada. Los equipos de arriba no se desarrollan por la falta de competencia, mientras que los de abajo se desenganchan por una brecha insalvable. El resultado es un diseño que genera goleadas sin sentido, desajuste formativo y, en edades críticas, abandono.

Si un club de barrio de Madrid como el CD Chamberí tiene una generación cadete excepcional, ¿por qué debe permanecer un año en una categoría inferior debido a inercia histórica y no ganarse el derecho de enfrentarse al Real Madrid o al Atlético de su categoría si su rendimiento lo justifica? Hablamos de meritocracia deportiva y de evitar arrastrar dinámicas que penalicen el talento y frenen el crecimiento. El rendimiento en el césped o el parquet debería marcar los objetivos, no las decisiones administrativas.

El Congreso debería servir para abrir un diálogo técnico sobre formatos dinámicos que incluyan fases clasificatorias breves al inicio, reagrupaciones intermedias por niveles y enfrentamientos entre equipos con rendimiento similar. Las herramientas tecnológicas actuales permiten supervisar rendimientos y diseñar estructuras flexibles que aseguren la competitividad continua. También se debería evaluar el efecto de la edad relativa en las fechas de corte de las categorías. Inglaterra y Estados Unidos utilizan el 31 de agosto o el 31 de julio, no el 1 de enero como en España. Ajustar esa referencia y avanzar hacia categorías anuales Sub-12, Sub-13 o Sub-14 facilitaría competiciones más equilibradas.

Durante la pandemia, demostramos nuestra capacidad de innovar para seguir compitiendo. Asimismo, como espectadores, hemos mostrado madurez al aceptar calendarios asimétricos o formatos donde no todos juegan entre sí, pero se mantiene una clasificación general, como en la nueva Champions. Si entendemos esa lógica en la élite, ¿por qué no aplicarla en el fútbol formativo?

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No se trata solo de revivir la superliga juvenil; se trata de modernizar el sistema para que cada generación compita en el nivel que le corresponde. Zaragoza puede ser el punto de inflexión si comprendemos que formar mejor implica competir mejor.

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