Despedida a Sito, el querido comerciante de pañuelos en Santa María de la Cabeza que convirtió el paso de cebra en su oficina.
“Decía que tenía que ir a la oficina. Que no podía interrumpir su trabajo y que continuaríamos la conversación más tarde”. Rocío Toronjo rememora con cariño la forma humorística en que su hermano abordaba la vida. Esa «oficina» era, en realidad, un paso de peatones. Alfonso Toronjo “Sito” (su madre era la única que le llamaba Alfonso) convirtió el cruce entre el Paseo de la Esperanza y Santa María de la Cabeza, donde se ubica una gasolinera, en su lugar de trabajo, en su fuente de dignidad y en su propósito existencial. Durante esos metros, se dedicaba a vender pañuelos a los conductores en los altos del semáforo. En ese pequeño tramo de asfalto, sin darse cuenta, se transformó en una figura emblemática para los vecinos y comerciantes de la zona.
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<p class="know-more__title">Vivían y dormían en las chabolas de la M-30 durante el invierno a pesar de los recursos públicos: "Es preferible a un centro social"</p>
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Por ello, su partida deja un hueco en esta área del distrito de Arganzuela. De los más de 20 años que dedicó a su actividad informal, quedan dos recuerdos en la acera junto a la gasolinera: un ramo de flores y un mensaje impreso en un folio. Este dice: “Alfonso Toronjo, 1967-2025 [aunque realmente nació en 1969]. <em>Si la calle es dura, yo lo soy más</em>. Siempre mostró una sonrisa, nunca dejó de luchar. Descansa en paz. Tus amigos Ana, Carlos y Loco te recordarán”.
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Rocío rememora que frecuentemente le repetía esa frase sobre su fortaleza y capacidad de resistencia, aunque en tiempos recientes parecía más desafiante. Cada vez que se encontraba con Óscar, otro amigo del barrio, también le decía lo mismo. Óscar fue quien colocó el ramo en honor a la tristeza que dejó su despedida. Él era el vendedor de la gasolinera junto al semáforo donde este luchador vendía pañuelos cada día durante más de veinte años. Ya entonces, Óscar trabajaba ahí, en un negocio inaugurado por su padre en los años cincuenta. Cuando este se retiró, Sito apenas llevaba algún tiempo ofreciendo pañuelos en el lugar.
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Continuó haciéndolo incluso después de que Óscar se jubilara el 28 de abril, justo el día del gran apagón. Durante todo ese tiempo, formaron una amistad casi diaria. El exvendedor recuerda: “Venía lloviendo, nevando, a pleno sol o en Navidad. Yo le decía que su horario era de gerente y él se reía. Tenía un gran sentido del humor, era una excelente persona. Tuvo infortunios con sus amistades y a veces no escuchaba, pero era un hombre de buen corazón”.
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Óscar relata que cuando Sito comenzó a acudir a su puesto, vivía en la calle Tomás Bretón, cerca de Delicias. El semáforo estaba relativamente cerca de su hogar y siempre tuvo un gran flujo de gente que cruzaba el Paseo de la Esperanza a Santa María de la Cabeza, una vía principal en el distrito de Arganzuela. Desde su comienzo, a finales del siglo pasado, nadie más se adueñó de ese semáforo. “Yo le provocaba con que iban a venir a quitarle el lugar y se lo creía, pero todos siempre le respetaron. También se molestaba si le llamaban Sito en vez de Alfonso. Decía que solo su madre le llamaba por su nombre completo”, cuenta su amigo.
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<h2 class="article-text">Un hombre sin ataduras laborales, pero con conexiones humanas fuertes</h2>
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La conexión fue tan profunda que Sito lloró cuando Óscar se jubiló el año pasado: “Decía que iba a sentir mucho mi ausencia. Al final, prácticamente éramos compañeros de trabajo durante muchos años”. De hecho, estuvieron a punto de serlo de verdad: “Intentamos que trabajara en la gasolinera, pero él se negaba a cortarse el pelo, que era un requisito. Una vez logramos que lo hiciera para un trabajo de jardinero, pero solo duró poco tiempo. No quería atarse, pero pasaba horas aquí toda la tarde. Era como si eso no le pesara”.
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Esa anécdota refleja que, aunque el paso de peatones era su principal lugar de trabajo, pasaba mucho tiempo dentro de la gasolinera charlando con Óscar o con otros clientes, muchos de ellos vecinos con quienes desarrolló una relación de amabilidad (cuando no de cariño). Fernando, residente del Paseo de la Esperanza, lo recuerda como un hombre “educado y sereno”, a pesar de que siempre llevaba consigo “su litrona”. “Ver a personas sin hogar siempre me conmueve”, dice Fernando, quien al dejar de encontrarlo en su habitual sitio, pensaba en entregarle unas botas que no usaba.
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No era el único que lo tenía presente cuando le sobraban monedas o prendas en casa: “En Navidad, muchos le traían ropa, comida, dinero... Algunos le pagaban sándwiches y cervezas. Los gitanos del Rastro y los flamencos de la zona le consideraban parte de su familia. Era muy querido por todos”, recuerda Óscar.
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Según Óscar, no todos le trataron con tanto cariño y “algunos se aprovecharon de él”: “En su piso de Tomás Bretón acogió a gente que no pagaba y al final tuvieron que irse. Siempre decía que dormía bien mientras pudiera refugiarse en un portal, pero al final son muchos años de desgaste, de frío y calor”. Curiosamente, las últimas pláticas entre ellos abordaron la compra de una tienda de campaña: “Me pidió que le llevara a Decathlon para comprar una, para poder resguardarse las noches que pasaba al aire libre. Justo se enfermó y nunca pudimos ir”. Finalmente, la vida en la calle resultó ser más dura que Sito, aunque solo un poco, el 22 de diciembre de 2025. Sufrió un ictus, probablemente causado por una hipertensión que nunca trató.
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<h2 class="article-text">Un último acto de generosidad</h2>
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Su hermana Rocío recuerda a Sito con mucho sentimiento. Siempre estuvo atenta a él, a pesar de la distancia, dado que ella reside en València. Ambos son los menores de cinco hermanos, con apenas 18 meses de diferencia: “Hablábamos con frecuencia, yo me encargaba de proporcionarle la línea y los teléfonos cuando los perdía. Nos preocupaba su situación, pero sabíamos que era una persona amable que nunca buscaba problemas, a pesar de que no quería mover de ahí o cambiar su vida. Simplemente, tomó decisiones equivocadas”. Aunque Rocío no estaba cada día junto a ese semáforo, es consciente de que “su ausencia dejó un vacío para muchos”.
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<p class="know-more__title">Vida y muerte sin nombre en un contenedor de Madrid</p>
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Personas que le mostraron la solidaridad que ganó a través de sonrisas, amabilidad y respeto. Esa misma solidaridad que Sito entregó al mundo tras su muerte: “Estuvo en coma desde el 15 de septiembre, cuando sufrió el derrame, y falleció el 22. Se nos fue el día de la Lotería, y gracias a él, varias personas recibieron el premio más grande. Antes de su muerte, los médicos nos informaron que podíamos donar prácticamente todos sus órganos, a excepción del hígado. Fue su último acto de generosidad”.
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